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Politicolombia

Por: Julián Torres Roa
Consultor político

La política colombiana debería tener su propia ilustración en los diccionarios. Y lo digo porque, aunque en muchos otros lugares se arrastra con el mismo suplicio de las malas prácticas con el heraldo, acá pareciera que además de gustarnos, la política ha tenido tanto impacto sobre nuestra cotidianidad que por momentos pareciera representarnos más que las mismas colombianadas.

Dentro de una amplia definición de calle sobre el vocablo, entenderíamos a la política como todas aquellas acciones a cometer por los autodenominados políticos —que pueden encontrarse desde honestos sin presupuesto, hasta falsos académicos o brillantes populistas ilustrados— y que buscan llevar al país en determinada dirección, esperando que no roben demasiado en el camino.

Durante muchos años, esta insigne labor estuvo a cargo de los bandos rojos y los azules. Aquellos de una visión más progresista ante un mundo volátil y cambiante, enfrentados a quienes creían fielmente a que un país sólo era viable si sus bases eran lo suficientemente sólidas.

Con el paso del tiempo llegaron los balazos, las bombas, los discursos adoptados a la fuerza y las grandes promesas de cambio usando nuevos nombres. Las diferentes formas que usamos durante años para describir las mismas dos tendencias que desde el inicio nos llenaron la cabeza de razones para creer que sólo hay un camino correcto.

Por ende, nunca existió el “nosotros” dentro de nuestra construcción de país. Es tan raro escuchar las palabras “nosotros” o “juntos” en el momento de afrontar la vida nacional, que ya simplemente las tomamos como una treta más del mercadeo para vendernos algo. Ya saben, como que el licor une amigos o que la bebida negra da felicidad.

El “nosotros” no simboliza la unión de un grupo, sino la clara línea que diferencia a un bando del otro. Pero, ¿quién es el otro?

Tal vez no nos damos cuenta por estar inmersos en novelas, fútbol o cualquier moda frota-genitales-denigra-géneros que haya en el momento. El “otro” es el que después de las elecciones, del furor y los puños arriba, se acuesta a dormir en el mismo país.

Sí. Porque no importa quien gane las elecciones, al final de la fiesta y como malos amantes, todos compartimos la misma cama así no nos dirijamos la palabra. Lo único que compartimos todos en este país es el futuro, porque al parecer nunca logramos ponernos de acuerdo para tener un mismo destino.

Tal vez las balas, el hambre o nuestra tradición política nos han educado para hablar, no para opinar, sino para tener la razón, y creer que la culpa es siempre es del otro, no por pensar diferente, sino porque no está de acuerdo con nosotros.

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