Colombia lee, pero no lee | Opinión
- Publicado en Feb 01, 2026
- Sección Columnistas
Colombia aparece con frecuencia en informes oficiales como un país lector. Cerca del 72 % de los colombianos adultos afirma tener el hábito de la lectura, con un promedio cercano a 3,7 libros leídos al año (DANE). A primera vista, estas cifras podrían interpretarse como un logro. Sin embargo, una lectura crítica revela una paradoja inquietante: Colombia lee poco, lee de manera superficial y lo hace de forma profundamente desigual.
Diversos estudios muestran que la mayoría de quienes leen lo hacen de manera esporádica y, en muchos casos, por exigencias académicas o laborales. El panorama es especialmente preocupante entre niños y jóvenes: alrededor del 73 % de los estudiantes no lee libros fuera de la jornada escolar, lo que evidencia que la lectura no ha logrado consolidarse como una práctica autónoma, cotidiana y significativa. El libro sigue siendo visto como obligación, no como espacio de disfrute ni de pensamiento crítico.
Las desigualdades territoriales profundizan esta crisis. En departamentos como el Meta, los indicadores de lectura extracurricular se encuentran entre los más bajos del país. La escasa infraestructura bibliotecaria, la débil circulación de libros y la falta de programas culturales sostenidos muestran que la lectura no es una prioridad territorial. Cuando pase por los municipios más cercanos de Villavicencio visite las bibliotecas. Verá lo que digo. Si la escuela falla en despertar el interés lector, no existe un ecosistema alternativo que lo sostenga.
En este contexto, los planes nacionales de lectura presentan serias limitaciones. Aunque se formulan como apuestas estratégicas, en la práctica han sido discontinuos, fragmentados y poco evaluados. Predominan acciones visibles de corto alcance —ferias, campañas, dotaciones— que no se traducen en procesos formativos reales. Se entregan libros sin garantizar mediación, acompañamiento ni seguimiento.
Aquí aparece un problema estructural poco debatido: muchos docentes no son lectores activos. No se trata de una falla individual, sino del resultado de un sistema educativo que no promueve la lectura como práctica profesional. Los maestros están sobrecargados de tareas administrativas, formatos y evaluaciones estandarizadas, y rara vez cuentan con tiempo, incentivos o formación para leer por placer, actualizarse literariamente o dialogar con los textos. Sin docentes lectores, la lectura en el aula se reduce a ejercicios mecánicos, guías repetitivas y cuestionarios sin profundidad.
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La escuela, así, termina convirtiéndose en un espacio que desactiva el deseo de leer. Los estudiantes aprenden a leer para aprobar, no para comprender ni cuestionar el mundo. Cuando salen del sistema educativo, abandonan la lectura porque nunca la incorporaron como parte de su identidad.
A esta situación se suma la responsabilidad de los gobernantes, quienes suelen mencionar la lectura en discursos y planes, pero no la priorizan presupuestalmente ni como política estructural. Las estrategias lectoras dependen del gobierno de turno, carecen de continuidad y no articulan de manera efectiva educación, cultura y territorio.
La lectura no es un lujo ni un adorno cultural. Es una herramienta esencial para el pensamiento crítico, la democracia y la ciudadanía. Mientras el país no forme docentes lectores, no fortalezca la escuela como mediadora cultural y no exija a sus gobernantes políticas sostenidas, Colombia seguirá atrapada en la paradoja de decir que lee, mientras pierde la capacidad de comprenderse y transformarse.
Por ahora, solo aspiro a la justicia de que nuestra gobernadora y nuestro alcalde saquen tiempo para leer. Así sabrán de la dicha de la que se están perdiendo.
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