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domingo, 1 de marzo de 2026
Pico y placa : No aplica

El dúo que mantiene viva la tradición de la cuerda | La otra cara

El dúo que mantiene viva la tradición de la cuerda | La otra cara 1
La música cambia de formatos, escenarios y plataformas, pero hay géneros que resisten el paso del tiempo gracias a intérpretes que los mantienen vivos en cada presentación.
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Redacción PDM

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Antes de que las plataformas digitales impusieran tendencias y algoritmos, dos hermanos ya habían decidido que su destino estaría marcado por la música. Desde jóvenes, Alberto y Jorge Montoya han caminado con la guitarra al hombro, aprendiendo a pulso lo que significa vivir del arte.

Por Mariana González // Especial para Periódico del Meta

Tras cinco décadas dedicadas a la música, el dueto ‘Hermanos Montoya Remembranza’ continúa defendiendo el bolero, el pasillo y los sonidos andinos como un legado que nació en la sencillez y en la tradición familiar.

Aunque hoy reside en Villavicencio, su historia comenzó lejos del Llano. Oriundos de Armenia, Antioquia, la música llegó a sus vidas como una herencia. Sus abuelos tocaban el tiple, su padre también fue un amante de las cuerdas; así que, cuando la tradición llegó a los hermanos, ellos decidieron sumar la guitarra como sello propio.

Alberto es la voz principal y guitarra puntera, Jorge, segunda voz y guitarra marcante. Así, lo que empezó como un legado familiar se transformó en proyecto artístico.

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Tras salir de Armenia, la familia se trasladó a Antioquia, en donde trabajaron en el campo. Fue una etapa de esfuerzo y aprendizaje en la que la música seguía presente como compañía cotidiana después de las jornadas laborales. Más adelante se establecieron en el Valle del Cauca.

“Estudiamos en un pueblito que se llama Tarzo, en el año 77 salimos para el El Cairo, Valle del Cauca”, así lo evocó Jorge con nostalgia.

Años después, su camino los llevó hasta San Andrés, donde vivieron una etapa determinante tanto en lo personal como en lo laboral. Allí crearon su propio negocio, consolidando una nueva experiencia de vida lejos de sus raíces andinas. Sin embargo, Alberto mantenía firme el deseo de cursar una carrera profesional, particularmente en Derecho. Fue gracias a un amigo que conoció la posibilidad de trasladarse a Villavicencio para continuar con ese propósito, “Fue un amigo quien me dijo: ‘¿por qué no se va a estudiar a Villavicencio?, ya que era una ciudad pequeña’. Y bueno, me vine y empecé a estudiar Derecho en la Universidad Cooperativa”, comentó.

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En tiempos dominados por las tendencias virales y las listas de reproducción, dos hermanos sostienen que la música tradicional no ha perdido vigencia, sino espacio en el mercado.

Tiempo más tarde también llegó Jorge, y juntos decidieron emprender nuevamente, esta vez con un pequeño bar que se convirtió en otro punto de encuentro entre la música y el sustento diario. Con el paso del tiempo, ambos tomaron la decisión de establecerse definitivamente en la capital del Meta.

Los hermanos recuerdan sus inicios tocando en las calles y estableciendo contactos que, poco a poco, les abrieron puertas: “siempre, en los inicios uno anda por ahí con su guitarrita”, contó Alberto.

No hubo estudios formales ni grandes apoyos iniciales: hubo disciplina y muchas horas de práctica. Sus primeros pasos fueron modestos pero decisivos. Recorrieron pueblos, tocaron en calles y pequeños encuentros culturales, estableciendo contactos que poco a poco les abrieron puertas. La experiencia de cantar frente a públicos diversos les dio seguridad y moldeó su estilo.

La constancia fue su carta de presentación hasta que, en la década de los 80, un viaje a Bogotá cambió el rumbo de su carrera. “Oscar Agudelo nos escuchó y le gustó mucho, nos hizo la propuesta de viajar a Bogotá”, recordó Alberto.

Ese encuentro con el artista Óscar Agudelo marcó un antes y un después. A partir de allí comenzaron a presentarse en escenarios emblemáticos como el Teatro al Aire Libre, y La Media Torta, iniciando una etapa de mayor proyección nacional e internacional.

Su recorrido artístico los llevó por países como Costa Rica, México y Estados Unidos, en donde compartieron escenario con figuras reconocidas del género como Olimpo Cárdenas y Caballero Gaucho. “Nos llena de orgullo es que hicimos tarima con los grandes artistas de la época”, afirmó Jorge.

El repertorio que han construido supera las 1.500 canciones. Esa amplitud no es casualidad, sino resultado de años de exploración y disciplina. “Nosotros interpretamos diferentes géneros latinoamericanos, desde el pasillo, el tango, las zambas, de Colombia bambucos, pasillos colombianos, música colombiana andina. En síntesis, nosotros somos muy versátiles y manejamos diversidad de géneros musicales del folklore popular latinoamericano.

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La tradición musical de los hermanos nació en su familia, pasó por el campo antioqueño y hoy suma cinco décadas de trayectoria artística.

Al referirse al panorama actual, los hermanos analizan el contraste entre la música tradicional y los géneros que hoy dominan las listas de reproducción. Consideran que el desplazamiento de los ritmos clásicos no responde a una debilidad cultural. No es de raíces débiles, lo que pasa es que, a esa música, como es tan comercial, se le invierte plata y se hace un boom.” Para ellos, el mercado y la inversión determinan, en gran medida, qué suena con mayor fuerza.

No obstante, hacen un llamado a la reflexión sobre el contenido de algunas letras actuales. “Que se tomen la molestia un poquito de escuchar una letra de un bolero a una letra de un reggaetón, donde prácticamente insulta, degrada a la mujer. Más que una crítica frontal, plantean una invitación a comparar y analizar. La educación musical, insisten, comienza en casa: “Un papá, una mamá que está enseñada a escuchar este tipo de música, las letras, por ejemplo.”


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