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sábado, 11 de abril de 2026
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Dos tragedias que marcaron el rumbo de Villavicencio

Dos tragedias que marcaron el rumbo de Villavicencio 1
El incendio de 1890 y el terremoto de 1917 marcaron dos de los episodios más devastadores en la historia de Villavicencio, transformando su arquitectura, su dinámica social y el rumbo de su desarrollo.
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Redacción PDM

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Dos hechos trágicos quedaron grabados en la memoria histórica de Villavicencio y transformaron para siempre su desarrollo urbano y social: el devastador incendio de 1890 y el terremoto de 1917. Ambos episodios no solo pusieron a prueba la resiliencia de sus habitantes, sino que redefinieron el futuro del entonces incipiente poblado.

Un pueblo reducido a cenizas

En la madrugada del 28 de enero de 1890, hacia las 3:00 a.m., un incendio de grandes proporciones se desató en la residencia de Francisco Rojas. Según recoge el historiador José Abelardo Díaz, citando a la investigadora Jane Raush, el fuego se propagó rápidamente debido a que la mayoría de las viviendas estaban construidas con materiales altamente inflamables como madera y techos de palma.

En cuestión de horas, Villavicencio quedó reducido a escombros. Más de 200 casas pajizas, que conformaban el núcleo urbano alrededor de la plaza central (hoy Plaza de los Libertadores), fueron consumidas por las llamas. Las causas del incendio nunca fueron esclarecidas.

El impacto fue tal que el gobierno de Cundinamarca destinó 2.000 pesos para la reconstrucción del pueblo, considerado clave en el proceso de colonización de los Llanos Orientales. Además, se implementaron nuevas normas urbanísticas que prohibieron el uso de materiales inflamables como la palma y restringieron el almacenamiento de pólvora y el uso de pirotecnia.

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Como consecuencia, Villavicencio inició una transformación arquitectónica: las nuevas construcciones incorporaron materiales como adobe, teja de barro, cemento y zinc, marcando el fin de su fisonomía tradicional.

El terremoto que detuvo el progreso

Casi tres décadas después, cuando la ciudad comenzaba a consolidarse, otra tragedia sacudió a sus habitantes. El 31 de agosto de 1917, a las 6:30 de la mañana, un fuerte sismo de aproximadamente 15 segundos estremeció a Villavicencio y sus alrededores.

Para entonces, el municipio contaba con cerca de 418 casas, seis escuelas, hospital, acueducto y planta eléctrica, con una población cercana a los 3.000 habitantes. Sin embargo, el terremoto causó graves daños: colapsaron la catedral, la residencia episcopal y parte del hospital, dejando al menos ocho muertos y varios heridos, de acuerdo con registros históricos.

El historiador Óscar Pabón relata que los movimientos telúricos comenzaron desde la noche anterior, generando pánico en la población. Incluso durante celebraciones religiosas en la iglesia, nuevos temblores provocaron el colapso de estructuras y víctimas mortales.

El miedo llevó a muchos habitantes a pasar las noches en espacios abiertos como parques, temiendo nuevas réplicas. En medio de la incertidumbre, la comunidad acudió a la fe, invocando a San Emigdio, considerado protector ante terremotos.

Dos tragedias, una ciudad resiliente

Tanto el incendio de 1890 como el terremoto de 1917 marcaron un antes y un después en la historia de Villavicencio. El primero transformó su arquitectura y ordenamiento urbano; el segundo evidenció la vulnerabilidad de una ciudad en crecimiento frente a los fenómenos naturales.

Sin embargo, ambos episodios también revelaron la capacidad de sus habitantes para reconstruirse y seguir adelante. De las cenizas y los escombros surgió una ciudad que, con el tiempo, se consolidaría como la puerta de entrada a los Llanos Orientales.


RP
Redacción PDM

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