Empresa e indígenas, alianza posible

Para la empresa, relacionarse con las comunidades jiw es fundamental para crecer en la región.

Una empresa de palma de aceite en Mapiripán demuestra que es viable tener buenas relaciones con la comunidad indígena, respetándose mutuamente.

La presencia agroindustrial del cultivo de palma de aceite en Mapiripán le permitió mejorar las condiciones socioeconómicas a los habitantes de esta población, tras años de oscurantismo a causa de la violencia en sus tierras. La actividad agroindustrial aporta el 80% del dinero que circula en la economía de este municipio.

Sin embargo, la presencia de comunidades indígenas alrededor de las casi 8.000 hectáreas de cultivos de palma, se convirtió en un reto tanto para la multinacional Poligrow que desarrolla el cultivo en la zona, como para la misma población ancestral mucha de la cual era desplazada por el conflicto armado en Vichada o Guaviare.

En el territorio de Mapiripán hay dos comunidades: una Sikuani, que tenían asiento en un territorio a 25 kilómetros de la plantación de palma; y otra la Jiw, que llegó del Vichada y no tenía territorio; sin embargo ACNUR le arrendó una finca cerca del casco urbano. Aunque empezaron solo 80 jiw a habitar allí, hoy son 1.200 personas las que están en el sitio.

“La vinculación surgió en el 2011 con los jiw. Lo que primero hicimos fue contratar a la Universidad de los Andes para diseñar un protocolo de comunicación y de interacción entre empresa y comunidad indígena, esto fue esencial para interactuar con ellos”, dijo

a Periódico del Meta, Carlo Vigna, gerente de la compañía de la agroindustria.

El documento fue creado con reglas de lenguaje, requisitos para la comunicación y respeto por la idiosincrasia de la comunidad. A partir de los diálogos que se desarrollaron con dicho protocolo, se pudieron establecer parámetros de relaciones públicas y de necesidades de los ancestrales.

El proyecto terminó con la inclusión a la empresa de un porcentaje de miembros indígenas en las labores propias del desarrollo del cultivo y hoy se integraron al potencial humano con el que cuenta la firma internacional.

“Empezamos realmente con 10 personas y hoy son más de 100 que trabajan con nosotros.

“Lo más increíble es que hay mujeres trabajando al lado de nosotros. Es una relación que no es fácil, que tiene un ejercicio de convivencia y que cada tanto debe ser revisada y evaluada”, sostiene Vigna.

Leandro Puya, representante de la comunidad jiw, dice que todos han puesto de su parte: “desde un principio hubo la posibilidad de dialogar y que no nos pisotearan como habitualmente se hace en otros territorios. Yo no trabajo con ellos pero debo decir que han ayudado a los hermanos sikuani y a los jiw”, explicó.

Cada 15 días se reúnen todos los capitanes con los representantes de la compañía de palma y allí se discuten las temáticas de la relación empresa- trabajador y en donde se manifiestan mutuamente los niveles de satisfacción pero los malestares que puedan presentarse.

Los cultivos han respetado las zonas ancestrales y se desarrolló un estudio con los certificados del Ministerio del Interior para establecer si había más zonas indígenas o de reserva. “Obvio nos cuidamos para no incluirlas en nuevas plantaciones”, dijo Carlo Vigna.

Agregó que su empresa ha logrado en Mapiripán ser ejemplo claro del tipo de inversión que se busca para aportar en la competitividad y el desarrollo de Colombia, con apuestas productivas que contribuyan a generar empleo y también al crecimiento del comercio del país con el mundo.

Por su parte, Jens Mesa Dishington, presidente ejecutivo de Fedepalma, apuntó que en el gremio palmicultor “tenemos la opinión de que el trabajo de Poligrow en Mapiripán, es un ejemplo del aporte que puede lograr la agroindustria de la palma de aceite a la economía mapiripense, además del desarrollo y bienestar para sus pobladores”.

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