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domingo, 15 de febrero de 2026
Pico y placa : No aplica

La corrupción seduce | Opinión

La corrupción seduce | Opinión 1
Juan Carlos Guardela

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Criticamos la corrupción como si fuera un vicio ajeno, una enfermedad moral que siempre infecta a otros. La denunciamos con la serenidad del que se cree a salvo. Pero rara vez aceptamos una verdad más incómoda: la corrupción no solo destruye, también seduce. Ofrece un placer clandestino, una sensación de privilegio difícil de resistir cuando no hay castigo. Tal vez por eso es el peor de los males: porque apela a algo íntimo, frágil y profundamente humano.

Platón lo comprendió en el mito del anillo de Giges. El pastor que se vuelve invisible no se vuelve perverso por poder, sino por impunidad. Actuar sin mirada, sin testigos, sin memoria: ese es el arquetipo inaugural de la corrupción. No es el poder el que corrompe, sino la certeza de que nada ocurrirá.

La literatura ha reiterado esa escena con distintos disfraces. Fausto pacta por ambición y hastío; Macbeth mata embriagado por la promesa de grandeza. Ninguno se siente villano: se sienten excepcionales. La corrupción rara vez se presenta como crimen; se presenta como excepción legítima. La promesa es siempre la misma: impunidad exterior. El precio, inevitable, es la erosión interior.

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Kafka mostró su versión más inquietante: la corrupción sin demonios ni pactos, diluida en trámites y órdenes impersonales. Allí nadie decide, pero todos consienten. Hannah Arendt la llamó banalidad del mal. El corrupto no se percibe culpable, sino funcional. La excepción se vuelve costumbre.

A este paisaje se suma el pícaro, figura cercana y celebrada. El que “se las arregla”, el vivo que “sabe cómo funciona el mundo”. Desde el Lazarillo hasta el tramposo contemporáneo, la transgresión se vuelve astucia. El problema no es el ingenio, sino la pedagogía cultural que lo normaliza: cuando admiramos al que se sale con la suya, la corrupción deja de avergonzar.

Su recompensa es inmediata: poder, ventaja, alivio, pertenencia. Resistirse exige carácter y, a menudo, soledad.

Condenamos la corrupción en abstracto mientras practicamos pequeñas excepciones cotidianas. No habita solo en los palacios, sino en la zona gris donde la conciencia negocia consigo misma.

No entra rompiendo la puerta. Entra ofreciendo una llave. Y casi siempre, alguien la acepta.


Juan Carlos Guardela

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