Publicidad tóxica para estómagos pequeños | Opinión
- Publicado en Ene 25, 2026
- Sección Columnistas
El tazón es un arcoíris. Aros, copos y bolitas de todos los colores flotan en la leche blanca, mientras el dibujo de una fruta sonriente salta del empaque prometiendo energía, vitaminas y un comienzo feliz del día. Todo es brillo, diversión y dulzura. Y todo ese espectáculo, pensado para seducir a la infancia, resulta profundamente nocivo para su salud.
En el mundo entero nos comimos el cuento de que un desayuno nutritivo puede venir en forma de cereales ultraprocesados, cargados de aditivos, colorantes y saborizantes, que reposan durante meses en estanterías y que aterrizan en el plato a endulzar y poner color al desayuno infantil. Esa misma lógica se extiende a otros productos que se cuelan en las loncheras —galletas, ponqués y juguitos de caja— y son aparentemente inofensivos.
Y, sí, familias y comunidades educativas de todo el mundo caímos en la trampa: confiamos en las anunciadas vitaminas añadidas y en la fruta traviesa que aparece en el empaque, sin darnos cuenta de que estamos expuestos a estrategias de mercadeo diseñadas para seducir con mensajes engañosos, sugestivos, emocionales y aspiracionales.
El Reino Unido dio un paso muy importante al prohibir la publicidad de comida chatarra en televisión antes de las nueve de la noche y en plataformas digitales a cualquier hora. Son medidas que se suman a algunas restricciones en el transporte público y en los entornos escolares.
El objetivo es reducir la exposición de niñas, niños y adolescentes al mercadeo de productos ultraprocesados y bebidas industrializadas.
Cada día hay más evidencia sobre el enorme impacto que tienen en la malnutrición y el sobrepeso infantil, y en los crecientes índices de muerte por enfermedades no transmisibles. Se trata de padecimientos asociados a hábitos adquiridos en el curso de la vida, como fumar e ingerir alcohol, bebidas industrializadas y comestibles ultraprocesados.
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En Colombia ya existen iniciativas legislativas en el Congreso que pretenden restringir esta publicidad nociva, de manera similar a lo que ha hecho el Reino Unido, y garantizar entornos escolares libres de la comida chatarra y de su publicidad. Esperamos que cuando regresen los congresistas el 16 de marzo, les den prioridad a la salud y nutrición infantiles, y que Colombia cuente pronto con la Ley Niñez sin Comida Chatarra. Regular esta publicidad es una decisión de salud pública impostergable. Porque detrás del arcoíris del empaque, el daño es real.
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