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sábado, 11 de abril de 2026
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Un recorrido por la memoria arquitectónica de Villavicencio

Un recorrido por la memoria arquitectónica de Villavicencio 1
El centro histórico de Villavicencio aún conserva algunas viviendas de arquitectura vernácula, construidas entre los siglos XVIII y XIX. No obstante, la mayoría de estos inmuebles ha desaparecido debido al crecimiento urbano y la falta de preservación.
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Redacción PDM

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Entre portones de madera, patios amplios y muros de adobe, persisten fragmentos del pasado villavicense. Son casas que resisten el paso del tiempo y representan una oportunidad para reconocer, valorar y preservar la memoria arquitectónica de la ciudad.

Por Mariana González // Especial para Periódico del Meta

En el corazón de Villavicencio permanecen viviendas que, más que edificaciones, son testigos de la historia de la ciudad. Sus muros de adobe, patios y corredores evocan una época en la que la ciudad era apenas un asentamiento en crecimiento.

La antropóloga Nancy Espinel Riveros explica que estas construcciones hacen parte del centro histórico, un espacio con límites definidos que concentra los orígenes urbanos.

El origen de estas viviendas se remonta a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando pobladores del oriente de Cundinamarca se asentaron a orillas del Caño Gramalote. Según Espinel, el surgimiento de la ciudad estuvo ligado al comercio y al tránsito de ganado desde la Hacienda Apiay hacia Bogotá. “Más que ganaderos, eran comerciantes”, afirmó la experta, al describir su relación con poblaciones como Cáqueza, Chipaque y Quetame.

Esa dinámica también definió su arquitectura. Las casas conservadas responden a una tradición vernácula, construida con materiales del entorno y adaptada al clima cálido: bahareque, adobe, madera y cubiertas de palma.

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De acuerdo con la antropóloga, estas viviendas se organizaban alrededor de un patio central, con habitaciones distribuidas a su alrededor. Contaban con corredores, zaguán, portones y ventanas de madera con calados que facilitaban la ventilación. La cocina solía ubicarse en una de las esquinas del patio.

Espinel añadió que, este tipo de arquitectura no solo se encuentra en Villavicencio, sino también en municipios de la Orinoquia como San Martín de los Llanos, Orocué, Pore, Támara y Arauca. Son construcciones sencillas, con paredes encaladas, techos de palma, luego de zinc y amplios patios rodeados de corredores, representativas del patrimonio regional.

Sin embargo, el crecimiento urbano transformó este paisaje. Desde la segunda mitad del siglo XX, Villavicencio inició una expansión acelerada que modificó su estructura. Barrios como San Fernando, El Retiro y La Esperanza ampliaron la ciudad, mientras sectores como El Barzal y El Caudal introdujeron nuevas formas de vivienda.

El impacto en el centro fue evidente. Muchas familias abandonaron sus casas, las cuales se adaptaron a usos comerciales y, con el tiempo, fueron demolidas. “La fisonomía del centro histórico ha perdido bastante porque se demuele constantemente”, advirtió Espinel.

Un inventario de 2006 identificó cerca de 120 inmuebles con estas características. Dos décadas después, la mayoría ha desaparecido. “Entre el 80% y el 90% ha sido demolido”, señaló.

Por ejemplo, casos como el del Teatro Cóndor o el antiguo Hotel Meta reflejan una tendencia en la que ha primado el interés económico sobre el cultural, dando paso a edificaciones que rompen con la armonía tradicional, como lo señala el historiador Oscar Pabón en su crónica ‘Desmemoria arquitectónica de nuestras ciudades: la experiencia de Villavicencio’, publicada el 3 de abril de 2024.

Para Espinel, además de la normativa, es clave un cambio en la percepción ciudadana: valorar para no demoler.

Hoy, lo que queda se concentra en sectores como La Cruz, donde algunas fachadas aún conservan la esencia de aquella Villavicencio de patios, madera y cal. Tal como lo señala la antropóloga.

En esa misma línea, Nancy Espinel advierte que la desaparición de estas edificaciones no solo responden a procesos de renovación urbana, sino que también implica la pérdida progresiva del patrimonio arquitectónico y referentes históricos fundamentales para la identidad de la ciudad.


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