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lunes, 8 de junio de 2026
Pico y placa
5 y 6

«Gente de bien» | Opinión

«Gente de bien» | Opinión 1
José Abelardo Diaz Jaramillo

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Las elecciones operan como laboratorios especiales para estudiar las sensibilidades de la población que ocupa un territorio. Tanto en las campañas como en los resultados de los comicios, se divisan las visiones, aspiraciones y miedos (infundados en muchos casos), de quienes toman partido por los candidatos en contienda.

Concluidas las elecciones de la primera vuelta presidencial de 2026, diversas son las interpretaciones que se pueden hacer de los resultados. Es inevitable que, en tal ejercicio, se consignen las posturas de quien lo realiza. En mi caso, no comulgo con la neutralidad valorativa de las ciencias sociales, debido a que hago parte del objeto que estudio, y es difícil que pueda sustraerme de sus dinámicas y tensiones, aunque intento regular mis propias concepciones al analizar el comportamiento social.   

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En esos términos, y en mi condición de académico formado en el campo de las humanidades e interesado en asuntos como la constitución del estado – nación y el peso de las herencias culturales en Colombia, me formulo cuestiones del siguiente tenor: ¿Cómo explicar que amplios sectores del país estén dispuestos a apoyar a un personaje turbio que ha tenido conexiones con la mafia, paramilitares y estafadores?; ¿cómo entender que segmentos de la población apoyen a un individuo que encarna antivalores que la civilización ha ido superando, como la misoginia y la homofobia?; ¿de qué manera se debe interpretar que muchos colombianos estén en disposición de respaldar a un candidato que pregona el matoneo a los medios de comunicación y anuncia el «destripamiento» de sus opositores políticos? 

Exponente de un «clasismo» agresivo consignado en celebres frases que ya hacen parte de la galería del desprecio («país de cafres», por ejemplo), sobre el individuo de marras surge otra pregunta: ¿por qué personas en condición de pobreza real y de pobreza oculta se inclinan por un candidato que, sin aspavientos, aspira a «reestablecer el orden», es decir, a restaurar un sistema de privilegios afín a la «gente de bien»? Si se agrega que sus electores manifiestan practicar un credo religioso (vengativo y no misericordioso, por cierto), es momento de reconocer que hay serias falencias éticas en la sociedad que deben corregirse con urgencia.


José Abelardo Diaz Jaramillo

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