¿Mamerteria? | Opinión
- Publicado en Abr 19, 2026
- Sección Columnistas
‘Mamerto’ es una palabra de uso cotidiano que carga con una larga historia en Colombia, la cual ha estado en mora de revisarse, con el fin de advertir, a la luz del presente, la necesidad de cultivar un debate político argumentado que sea capaz de atemperar los ánimos pendencieros que, guiados por odios y rencores, se han apoderado de muchos colombianos.
Una incursión previa en la genealogía de aquella expresión advierte la existencia de varias definiciones que han existido o coexistido, según el momento político y el estado emocional de la sociedad. En todo caso, sus sentidos han tenido conexión con el insulto, una práctica retorica también de vieja data que, tal vez por ese carácter atávico, se niega a desaparecer de nuestro medio.
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Agredir al que piensa diferente, casi que ha devenido en deporte nacional. Todos, en algún momento, nos sentimos tentados o ejecutamos el acto de insultar, depositando en ese ejercicio un desahogo que, si bien ofrece placeres momentáneos, en cambio, acentúa la disposición a anular al otro.
Desde los tiempos del “¡mueran los chapetones!”, pasando por los del “¡abajo los cachiporros!”, hasta los del “¡uribestia!” y el “¡mamerto!»”, la política ha sido ocasión de dar rienda suelta al insulto en detrimento del debate sereno, develando un alto déficit en educación ciudadana que debe enmendarse con urgencia.
Acaso perseguido por sus promesas que sabe incumplidas; quizá aturdido por los problemas que cada día se acrecientan en la ciudad; tal vez consciente de que el tiempo avanza en contra suya, el alcalde hace lo que menos necesita y espera la ciudadanía en estos difíciles momentos: salirse de sus cabales y denigrar incluso de sectores de la población que, creyendo en sus compromisos, depositaron un voto de confianza en él. No se le ve bien al burgomaestre tildar de “mamertería” a quienes le reclaman por el estado de la ciudad.
Al alcalde hay que recordarle que, siguiendo el viejo precepto romano adjudicado a Marco Tulio Cicerón, no basta con serlo, sino que, además, debe parecerlo. No es de buen recibo ni se corresponde con la figura de mandatario, ver a un alcalde acudir a maneras indignas para eludir la crítica.
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