Patas arriba

Nelson Augusto López

“Al principio todo era agua. El mundo era una gran bola de agua y el Creador queriendo que alguien la habitara tuvo dos hijos, uno era bueno y el otro malo. Les fabricó una canoa y los puso a navegar por el mundo.

Cansados de navegar sin rumbo, el hijo bueno hizo una bolita de peramán y la lanzó al agua. Esta bolita se extendió y formó una gran isla: La Sierra de La Macarena, la primera tierra que alimentó y cobijó a los hombres. Pero el hijo malo, llamado Bjamequín, hacía maldades al bueno.

Este, cansado se quejó ante el Creador, quien para solucionar el conflicto hizo unas perforaciones en la gran isla y creó un mundo debajo de la tierra y lo entregó al hijo malo para que reinara en él.

Desde entonces evolucionaron y se poblaron dos mundos paralelos. La diferencia es que en el mundo normal todos caminan con la cabeza arriba y los pies abajo y en el mundo de Bjamequín se camina con la cabeza abajo y los pies arriba”.

Es un relato de la tradición oral del extinto pueblo indígena de los Guayaberos, que habitó la Sierra de La Macarena. Una porción de territorio metense de 120 km por 40 km, a 30 km de la cordillera y punto de encuentro activo de la Orinoquia y la Amazonia.

Que no es solamente Caño Cristales y que debe dimensionarse como Reserva Biológica de la Humanidad, uno de los principales centros de megadiversidad del Planeta, “tesoro del mundo” como lo llamó Joaquín Molano, reconocido ambientalista.

Con la presión sobre los recursos naturales, hoy parece que camináramos el territorio al estilo Bjamequín para poner “patas arriba” nuestro capital natural y hacerlo más complejo, no solo con las intervenciones de personas, sino también institucional.

No es raro encontrar cierta confusión en la aplicación normativa en el país, que en lugar de controlar la afectación de los recursos naturales, la acelera en la práctica. El dilema entre la conservación del ambientalismo puro y la conservación con aprovechamiento sostenible.