Reforestar o morir

Nelson Augusto López

Pregunté al profesor Jorge Reynolds, inventor del marcapasos que vino a Villavicencio en octubre pasado, sobre el impacto del bamboleo de la Tierra por el deshielo de los polos.

Con calma de científico señaló el alto riesgo y sentenció: ‘el planeta entró en un período de agonía de 200 años’. Aunque eso atemoriza, sentimos esperanza cuando expuso que proyectaba un micro marcapasos y que para ello estudiaba el corazón de las abejas. Dos siglos son tiempo planetario irrisorio, pero largo para los humanos.

Hay tiempo para la tarea por la vida presente y de futuras generaciones. Toca actuar y la reforestación obliga. Los árboles son pulmones que se tragan el dióxido de carbono para dejarnos un aire más puro. Puesto en cifras, ‘un árbol absorbe al día el CO2 que emiten 10.000 coches’, según estudio de la Universidad de Sevilla.

Los árboles nos cubren la espalda, si no fuera por ellos ese gas sería letal, para no hablar del otro plomo que mata en silencio: el de la gasolina, especialmente en las ciudades. Deforestar acaba la biodiversidad y es un suicidio colectivo.

No es alarmismo ambientalista. Cada vez que se tala un árbol crece su déficit en el país y el mundo que ya perdió casi la mitad de los bosques. No creamos que el impacto de los bosques incendiados en el Meta está lejos, de todos los árboles caídos en llamas nos tragamos el CO2 que liberan. Investigadores creen que ‘para abastecer el oxígeno de una sola persona al día se necesitan 22 árboles’.

El Meta, con algo más de un millón de habitantes, requeriría 22 millones de árboles para cubrir la demanda de oxígeno. Obvio concluir que Villavicencio, con la mitad de la población departamental, necesitaría 11 millones de árboles.

Un cálculo ligero, pero en todo caso deben evitar que aumente el déficit de árboles. Así que la meta de sembrar 10 millones de árboles al 2023 entre Cormacarena y la gobernación del Meta es compromiso de todos, con la vida como protagonista.