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Un último adiós con Esperanza


Un último adiós con Esperanza 1
RP
Redacción PDM

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Sus amigos la recuerdan por su inteligencia, su personalidad simpática, querida y graciosa, amante del arte clásico y representativos de los llanos.

A Narciso Eduardo, Nino, como lo conocen casi todos, saluda a todas las personas que se acercan a la funeraria para lamentar la muerte de su madre. Quieren expresarle de diferentes formas el aprecio que inspiraba una de las últimas matronas de Villavicencio.

Los más veteranos tuvieron de alguna u otra forma que ver con Mary Esperanza Díaz de Matus, cuando ella era “primera dama del Meta”, al ser esposa del exgobernador Narciso Matus Torres, por allá en la década de los ochenta del siglo pasado.

Justamente, Nino recuerda a su madre con gran admiración por su labor social, el amor que profesaba por su familia y su inteligencia, que reflejaba llenando con facilidad cuanto crucigrama veía, ya que era su hobby predilecto. Los recuerdos de su infancia son eso y por supuesto los postres de guayaba, legado que sí heredó su hijo.

Mary Esperanza nació en Ibagué el 5 de junio de 1939 y estudió en el colegio de señoritas Alice Block, una gran pedagoga alemana que creía firmemente en la educación para las mujeres. La activista femenina pudo haber influenciado a la matrona, pues casi nunca se cansó de estudiar.

Tras salir de bachillerato, se formó como profesional en Bellas Artes y Decoración Arquitectónica en la Pontificia Universidad Javeriana. Luego de tener su título profesional, continuó preparándose: se especializó en psicopedagogía del arte y en alta gerencia; tomó clases de musicoterapia; estudió planeación educativa, tecnología educativa, planeación y gerencia estratégica de mercados, y otros estudios complementarios que le permitieron ocupar cargos importantes en el país.

“Mi mamá, en su función de primera dama, siempre se preocupó por sacar adelante una política social, trabajar con la gente y ayudar a solucionar problemas de sectores que no tenían vocería y no podían expresarse”, contó Nino, uno de los cinco hijos de Mary Esperanza.

Luego de ejercer importantes cargos en universidades de Bogotá, en el Ministerio de Gobierno y en la Lotería de Bogotá, al llegar a Villavicencio fue nombrada directora regional del SENA en el Meta y otros territorios nacionales, además fue también directora del proyecto Red Nacional de Bibliotecas Públicas y Escolares’ en Lectum Editores.

Esta mujer, incansable para el trabajo, hizo parte de la Liga Colombiana de Lucha contra el Cáncer, Capítulo Meta en el 1982; fue teniente honoraria de los Bomberos Voluntarios de Villavicencio; participó en las Damas Grises de la Cruz Roja Colombiana y finalmente creó la Fundación Costurero Compartir.

“El fruto de ese voluntariado son más de 100 profesionales a quienes les financiaron la carrera, la estadía, la vivienda y demás gastos que necesitaban los jóvenes para terminar su carrera profesional”, explicó el hijo.

Y es que hacer trabajo social no la agotaba. Muchos recuerdan que realizaba jornadas especiales con el fin de embellecer la ciudad y durante días enteros se dedicaba con los vecinos de los barrios, los bomberos y empresas privadas a barrer, trapear y lavar las calles de Villavicencio.

El pasado martes 31 de enero, todo ese entusiasmo por estudiar, trabajar y ayudar a las demás personas cesó. Esperanza falleció a sus 83 años y será recordada por su labor con las comunidades, especialmente con los niños, niñas y adolescentes.

Sus últimos años los vivió al lado de sus hijos y nietos. Según Eduardo, fue una mujer muy amorosa, cariñosa y siempre llevaba una sonrisa marcada en su rostro: “Mi mamá era una mantequilla con sus nietos, todo quería darles y ellos siempre eran felices con ella. Le decían ‘lela”.

Al final de sus años, en sus ratos libres, se reunía con su grupo de amigas, las mismas que conforman la fundación ‘Costurero compartir’, jugaban cartas, canasta o Rummy- Q. También hacían encuentros para hacer ‘artes de labor’, esta actividad consistía en hacer tejidos y bordados navideños para rifarlos en diciembre y con el dinero que recibían lo destinaban para financiar la educación de los jóvenes.

Aunque su esposo, Narciso Matus Torres, fue gobernador del Meta entre 1982 y 1983, alcalde de Villavicencio, comisario del Vaupés, gerente de la Federación Nacional de Cacaoteros y concejal de la capital del Meta, siempre recordarán que a su lado estuvo una gran mujer que comprendió bien la misión de servir.

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