La vida

Fotografía de Noelia A.J

Mientras la vida no sea considerada como el bien más preciado que puede tener cualquier ser sobre la tierra, seguiremos siendo testigos de cada vez más hechos execrables contra ella. Nos podremos asombrar una y otra vez, indignarnos hasta rabiar, pero será insuficiente.

Nos entristecen actos como los del joven asesinado que iba a conquistar el sueño de tener un buen puntaje en el examen Saber 11, pero a la semana debemos volver a pasmarnos porque tres personas montadas en una motocicleta (ya en sí mismo un riesgo para la vida) fallecen a causa de una imprudencia en un accidente fatal; y esta semana nos acongoja que un niño pierda la vida en medio de un tiroteo, cuando sicarios planeaban asesinar a otra persona.

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Nos conmovemos, pero ya no nos sorprende y nos acostumbramos a que cada vez haya más muertes violentas en nuestro entorno. La vida la despreciamos como los objetos desechables que usamos una sola vez y luego no nos importa que hacen ese objeto basura.

Como lo mencionaba monseñor Oscar Urbina, Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, en su columna de la semana pasada en esta misma página espacio, si desde el hogar no empezamos a dar valor al acto de vivir y a ver y respetar ese tesoro en las demás personas, poco se podrá hacer aumentando el pie de fuerza en las calles, o sacrificando nuestras libertades a cambio de un poco más de seguridad.

Necesitamos dimensionar la vida con relación a nosotros mismos, a los demás, a las estructuras sociales y en especial a la familia. Es el primer derecho humano que debemos respetar, pero también incluso vulnerado por uno mismo.

La vida se convirtió en un artículo intercambiable, que en cualquier momento y por cualquier razón puede terminar en el cesto de la basura. Vivimos en un conflicto armado durante décadas en donde la muerte era ya el triunfo, y nos ufanamos de llegar a un acuerdo de paz, solo para transformarnos en una sociedad en la que no se valora el bien más preciado no solo de las personas sino de los animales y del planeta.

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Y no se trata solo amenazarla o acabarla, es también ponerla en riesgo por imprudencia, como decíamos arriba: ponernos en situación de permanente suicidio, a veces sin darnos cuenta.

Por ese tratamiento de desechable, ese rechazo absoluto al respeto de la vida del otro, es fácil desearle la muerte a alguien o, lo que es peor, segarla.

No somos máquinas, debemos entender que las demás personas enriquecen nuestra vida,
cada cual con sus diferencias, sus defectos y virtudes, es decir, de cada persona aprendemos algo nuevo sobre nosotros mismos y sobre esa persona. Es algo tan sencillo, pero tan difícil de poner en práctica.