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domingo, 26 de julio de 2026
Pico y placa : No aplica

Agua fría al fervor popular | Editorial

Agua fría al fervor popular | Editorial 1
Foto: Colprensa.
Redacción PDM

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Hubo una escena cotidiana en las esquinas, las cafeterías, los grupos de WhatsApp y las redes sociales en Colombia. Amigos que dejaron de hablarse, familias que se fracturaron durante un almuerzo y vecinos que cruzaron miradas hostiles en la calle. Todo por salir a defender, con el pecho henchido y la sangre hirviendo, a un candidato o un líder político. 

Nos hemos acostumbrado a asumir las causas ideológicas como si fueran dogmas sagrados, convencidos de que en la cima del poder existe una batalla épica entre el bien puro y el mal absoluto.

Sin embargo, la realidad de la política nacional se encarga, tarde o temprano, de propinarle un golpe de agua fría a nuestro fervor popular.

Lo sucedido esta semana en el Congreso de la República es un retrato hablado de esa ilusión. En un giro que dejó estupefactos a miles de seguidores en todo el país, vimos cómo el uribismo y el petrismo —los dos polos opuestos que han cavado una grieta de división durante años— se alinearon estratégicamente para frenar la llegada de Alfredo Deluque a la presidencia del Senado, aspirante que contaba con el guiño del presidente electo Abelardo De la Espriella. La orden fue clara y la disciplina de voto, casi poética: la bancada oficialista de Gustavo Petro terminó apoyando al candidato que dijo Álvaro Uribe Vélez, Honorio Henríquez, quien finalmente se quedó con esa dignidad durante el primer año de este periodo legislativo.

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Para unos, la escena produjo una profunda indignación moral; para otros, resultó tragi-cómico e hilarante observar cómo, tras meses de insultos, marchas y discursos polarizantes, los hilos de la negociación terminaron uniendo a los supuestos enemigos irreconciliables.

Como acertadamente señala el analista político Octavio Pescador: “No importa si es de izquierda o de derecha; cuando algo afecta sus intereses, se comportan exactamente igual”.

Esta verdad nos obliga a hacer una pausa colectiva como sociedad. Debemos comprender de una vez por todas que las dinámicas que mueven las altas esferas del poder obedecen a ecuaciones que nada tienen que ver con las convicciones del ciudadano de a pie. Mientras en el territorio la gente rompe lazos afectivos por defender una postura doctrinal, en las mesas de negociación de Bogotá el cálculo instrumental es el único idioma vigente.

Por ello, llegar a la agresión verbal, perder a un amigo o incitar a la violencia por acaloradas discusiones ideológicas resulta, francamente, insensato. 

La lección que nos deja este episodio no debe ser celebrar el cinismo, sino la de la madurez ciudadana. La política institucional no es un partido de fútbol ni una cruzada moral; es un escenario de intereses variables. Solo quienes conocen cómo se cocina la política por dentro comprenden las verdaderas motivaciones que hay detrás de cada acuerdo y de cada votación. Que esta experiencia nos sirva para guardar las pasiones extremas, cuidar a los nuestros y recordar que, cuando la humareda de las campañas se disipa, la mesa de la casa y la amistad del vecino valen infinitamente más que cualquier cálculo de poder.


Redacción PDM

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