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domingo, 3 de mayo de 2026
Pico y placa : No aplica

Censura | Opinión

Censura | Opinión 1
José Abelardo Diaz Jaramillo

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En días pasados, el alcalde de Medellín censuró la presentación del libro «El M-19, de la guerra a la política», en un acto programado en la Biblioteca Pública Piloto. Aduciendo la defensa de la “legalidad”, y haciendo gala de su atávico imaginario anticomunista, el mandatario escribió en su cuenta de X: “En Medellín, nunca tendrá espacio la apología al terrorismo”. ¿Novedad alguna en ese proceder? De ninguna manera.

La censura es tan vieja como la manía de leer. En la Colonia, por ejemplo, existió el Índice de Libros Prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), supervisada, en principio, por el inquisitorial Santo Oficio de Cartagena. Velar por la «no introducción de libros prohibidos» al suelo continental era su propósito, para lo cual se valió de un listado que, con el paso del tiempo, incluyó obras “inmorales” o “heréticas” de Voltaire, Rousseau, Darwin o José María Vargas Vila.

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En tiempos previos de la Independencia, el virrey José Manuel de Ezpeleta, en 1794, ordenó destruir todas las copias que se habían repartido por las calles de Santa Fe, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, traducida del francés e impresas por Antonio Nariño, aduciendo su “carácter sedicioso”.  

De Alejandro Ordoñez Ibáñez, el mismo que, desde la Procuraduría General, se dedicó a defender sus posturas ultracatólicas, se recuerda su participación, un 13 de mayo de 1978, en la quema de libros de García Márquez, Marx, Sartre, Camus y Rousseau, frente a la biblioteca pública municipal de Bucaramanga, afirmando que degradaban los “buenos valores”. A ese hecho de censura le llamó, tiempo después, un “acto pedagógico”.

En nuestro contexto, a mediados del siglo XX, un alcalde de Villavicencio constituyó una junta de censura de películas, replicando la experiencia de la Legión de la Decencia, creada en 1934 en Estados Unidos. Con el fin de “guardar la moral y las buenas costumbres”, la referida junta promovió la censura de cintas que, como La Panchita o Desgraciada, eran aclamadas por los habitantes de la ciudad.

Siempre el poder detrás de la censura buscará “razones” para controlar el pensamiento, desconociendo que aquello que más se reprime, deviene, recordando a Luis Buñuel, en un «objeto oscuro del deseo».  


José Abelardo Diaz Jaramillo

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