El ascenso del camorrero | Opinión
- Publicado en May 30, 2026
- Sección Columnistas, Lo Mas Reciente
La política colombiana siempre ha tenido mucho de circo pobre, de corraleja institucional. Nunca hace falta el sainete administrado por oportunistas, pero lo que ha pasado con Abelardo de la Espriella en estas elecciones ya no es folclor democrático sino el ascenso del matón de barrio al rango presidenciable.
El matón siempre ha existido. Es el tipo que resuelve las discusiones a grito limpio, el que confunde autoridad con intimidación y liderazgo con vulgaridad, el “mancito” de diez bolas. Pero antes no pasaba de la esquina del barrio o en la mesa ruidosa de la cantina. Hoy se pone saco, modula la voz y exige tratamiento de estadista.
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Ese personaje no es nuevo. Todos lo conocimos alguna vez. Era el tipo que convertía cualquier discusión en amenaza, que confundía liderazgo con intimidación y valentía con capacidad de humillar al otro. El hombre del grito fácil, del dedo acusador y del ego inflamado como sapo en lluvia.
Durante años permaneció en los márgenes: en la esquina del barrio, en la cantina, en la junta local, en la política parroquial donde la vulgaridad suele confundirse con “carácter”. Pero Colombia terminó normalizando tanto la degradación del debate público que ahora ese mismo camorrero aparece vestido de candidato presidencial, hablando de patria, familia y moral mientras amenaza medio país desde una tarima.
Sin embargo, el verdadero peligro no es solamente el matón. El verdadero peligro es quién decidió santificarlo.
Porque detrás de esta nueva fauna política hay un engranaje perfectamente aceitado: sectores de iglesias evangélicas convertidas en maquinarias electorales. Ahí ocurre el milagro más rentable de todos: transformar la agresividad en virtud y la ignorancia en mandato divino.
El intercambio es simple y brutal.
El candidato aporta el odio, la estridencia y la capacidad de incendiar emocionalmente a las masas. Las iglesias aportan la estructura, los votantes disciplinados y el barniz moral que el personaje jamás podría construir por sí solo. Lo que antes era simple vulgaridad ahora aparece revestido de lenguaje bíblico.
Y así el matón deja de ser un matón: se convierte en “elegido”.
No importa cuántas barbaridades diga. No importa el autoritarismo, las mentiras o la pobreza intelectual de sus discursos. Desde ciertos púlpitos se decreta que todo queda perdonado porque “Dios usa instrumentos imperfectos”.
La política deja entonces de ser un ejercicio racional y se convierte en una guerra espiritual de caricatura. El ciudadano ya no vota: obedece. El contradictor político deja de ser adversario y pasa a ser enemigo de la fe. La democracia empieza a hablar el lenguaje tóxico del fanatismo.
Y ahí aparece la mezcla más peligrosa de todas: religión instrumentalizada, resentimiento social y cultura de matonería.
La homofobia se presenta como defensa de los valores. El machismo se vende como autoridad masculina. El desprecio por el pensamiento crítico se disfraza de “lucha contra el progresismo”. Todo lo complejo se reduce a consignas simples para multitudes enfurecidas.
Lo más inquietante es que buena parte de la sociedad aplaude esa degradación porque confunde brutalidad con autenticidad. Hay quienes creen que el político vulgar “dice las cosas como son”, cuando en realidad apenas exhibe una precariedad ética alarmante. La ignorancia dejó de dar vergüenza y empezó a venderse como virtud popular.
Pero un Estado moderno no puede gobernarse con lógica de cruzada religiosa ni con mentalidad de barra brava.
Quien divide el mundo entre “hijos de Dios” y “enemigos del reino” difícilmente entenderá el valor de las minorías, la independencia de poderes o la naturaleza laica de la Constitución. Para el matón, la ley es un obstáculo; para sus patrocinadores religiosos, la democracia solo sirve mientras garantice sus intereses.
Colombia ya conoce demasiado bien los daños del fanatismo. Hemos enterrado generaciones enteras por culpa de quienes creen poseer verdades absolutas. Por eso resulta tan peligroso este romance entre el púlpito militante y el caudillismo agresivo.
El país no necesita un mesías tropical armado de amenazas. Necesita liderazgos capaces de comprender que gobernar una nación compleja exige serenidad, inteligencia y sentido institucional.
Cuando el fanatismo religioso se abraza con el matón, el resultado no es orden moral: es autoritarismo con Biblia en mano.
Si gana “el tigrito”, tendremos una sanguinaria teocracia de garrote.
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