Madres después de la guerra

“Nosotras somos de la montaña, ¿cierto mi amor?”, le dice con esa voz cariñosa característica que los padres usan con sus bebés para hacer más tierna su relación con ellos, mientras le sigue dando sorbitos de helado que la nené saborea.

‘Yamile’ quiere que su hija sea única, que no se parezca a nadie y que algún día sepa en qué circunstancias nació; que su madre fue una guerrillera y que pueda decirlo sin necesidad de ser señalada. Durante meses,  estuvo pensando el nombre que llevaría y pese a que le echaba cabeza a todas las combinaciones, ninguna le gustaba.

María Camila, Laura Valentina, Rocío del Pilar. Ningún nombre la convencía. “Al final –dice- decidí inventarme un nombre para que ella no tuviera muchas tocayas en su vida y fuera original: Brenda Yuldrei”.

Hace tres meses se convirtió en madre y las 24 horas del día vive en función de eso. No volvió a pensar en patrullajes, en prestar guardia y ahora ni siquiera porta el fusil, que había sido como su ‘hijo’ durante los ocho años que estuvo con las Farc. “Lo aseaba, lo cuidaba y no lo soltaba en ninguna parte”, recuerda, sonriendo.

La bebé nació en Florencia (Caquetá). Pesó seis libras pero ha ganado talla rápidamente y ya está en 13, según el control médico que le hicieron en el puesto de salud de Uribe (Meta), el último casco urbano en el que estuvieron el domingo pasado su mamá y 550 guerrilleros más a su paso con rumbo a Buenavista, la Zona Veredal Transitoria de Normalización ubicada en Mesetas, una de las tres que tiene el Meta.

Y claro que ya empieza a ser diferente a la mayoría de bebés que recién nacen. Yuldrei, cargada en brazos, transitó entre la selva por lo menos 200 kilómetros desde El Tigre, la zona de preagrupamiento, hasta Buenavista, donde esperará a que su madre normalice su situación jurídica.

La bebé hace parte de esa ‘explosión demográfica’ que viven las Farc por esta época. Solo en la zona de concentración de Mesetas, que es la más grande del país, permanecerán 13 mujeres en embarazo y otras 12 que ya están lactando.

“Cuando uno veía que los diálogos iban avanzando, que no se volvieron a escuchar los aviones para bombardear, ni teníamos combates y todo se tranquilizaba, empezamos a ver la posibilidad de ser padres. Él y yo tenemos 30 años y queríamos tener un hijo pero en medio de la guerra no se podía, en la selva se vive solo el día a día”, dice Cristina, que con cinco meses de embarazo, aspira a ser madre primeriza en mayo próximo.

Los embarazos eran prohibidos en las Farc. Usar un método de planificación, obligatorio, pero desde mayo del 2016 los guerrilleros rasos empezaron a pedir permiso para ser padres. “No es que hubiera una autorización expresa, pero las condiciones eran diferentes y la disminución de la guerra permitía que esas mujeres tuvieran sus hijos en circunstancias distintas, así que todos tuvieron luz verde”, expresa ‘Rubén Zamora’, comandante delegado de las Farc para esta zona del Meta.                

El Alto Comisionado para la Paz, Sergio Jaramillo, dijo que podrían ser unos 300 bebés los que nazcan durante el proceso de dejación de armas en los siguientes seis meses, por lo que varios comandantes subversivos pidieron tener guarderías en los sitios de concentración. Sin embargo, los embarazos podrían aumentar, pues ahora son muchas las parejas de novios que conviven en los campamentos y la otra gran ola de nacimientos podría darse en octubre.

Los nuevos padres

Ahora, darles una mejor vida a esos bebés que vienen en camino, pasa por mucho más que las buenas intenciones, admiten los mismos guerrilleros. Primero, antes de ser registrados oficialmente en una notaría, los padres deberán resolver su situación jurídica, porque casi  ninguno de los que está en esta zona de concentración tiene cédula de ciudadanía.

En ningún caso, los padres terminaron ni siquiera el bachillerato, por lo que a la par que cumplen su función de crianza en los siguientes meses, tendrán que pensar en sus estudios o capacitarse en oficios.

“La verdad no teníamos pensado, pero el destino nos da la oportunidad. No me dio miedo estar en la guerra, menos temor voy a sentir ahora el ser mamá. Hay muchas cosas que aún faltan por resolver, pero vamos a salir adelante”, dice Cristina mientras pasa su mano por su vientre.

Por su parte, lo que sí deja en claro Aldinever Morantes, el guerrillero que coordina el campamento en la zona de concentración, es que desde su llegada el pasado 6 de febrero a Buenavista, “la responsabilidad de las mujeres embarazadas y madres lactantes corresponde al Gobierno Nacional”.

En la vida civil

“Siempre hemos sostenido que tener hijos es una decisión de mucha responsabilidad, si ahora en las nuevas circunstancias alguno quiere pasarse de vivo y no responder, tendrá que verse con los jueces de familia”, dice ‘Rubén Zamora’ haciendo referencia a los padres que no quieran hacerse cargo de los gastos de los hijos, una vez abandonen la zona campamentaria.

Añade que aunque siguen en la lucha contra las normas, aceptan la jurisdicción de las leyes en esos casos de paternidad irresponsable.

“Ojalá eso no pase. Que no vaya a cambiar cuando estemos en la vida civil, viviendo juntos. Uno escucha que son muchas las madres solteras que sufren solas criando a sus hijos”, afirma ‘María’, quien tiene 29 años y el papá de su hijo de ocho meses apenas acaba de cumplir los 19.

A ese tipo de realidades sociales, unido a la mala atención en el sistema de salud, serán también a las que deban enfrentarse las nuevas  madres, una vez abandonen las armas y se integren a la vida civil.

“Luego de este proceso, los guerrilleros salimos a la civil sin nada. Sin ningún trabajo fijo, sin una casa, las circunstancias económicas tal vez sean difíciles, pero aspiramos a que el Gobierno cumpla y no abandone a estas madres y que las familias que se han formado aquí se mantengan y no se desintegren”, dice ‘Jhoana’, otra guerrillera que lleva 18 años en las Farc.  

 ‘Yamile’ deja a su hija sobre una mesa plástica, mientras se prepara para darle seno a Yuldrei. Por la noche dormirán en un camarote donde acomodan a las madres lactantes en el campamento de Buenavista. Por ahora es la única ventaja que tienen sobre el resto de tropa. 

“Dejar la pinta (tener un hijo) es lo más lindo. Uno no piensa más en guerras”, puntualiza la nueva madre.