Mucho antes que Abelardo de la Espriella, un gobernador del Meta ya había dicho «no» al palacio
- Publicado en Ago 02, 2026
- Sección Región, Lo Mas Reciente
Por Jhon Moreno
El anuncio del presidente electo, Abelardo De la Espriella, de trasladar la sede de Gobierno de la Casa de Nariño al histórico Palacio de San Carlos, despertó un debate nacional.
Con ese trasteo, que en Bogotá es de apenas unas pocas cuadras, De la Espriella romperá con casi medio siglo de tradición residencial y administrativa en el país.
Sin embargo, este fenómeno de desapego al protocolo arquitectónico del poder tiene un antecedente directo, local y casi olvidado en las páginas de historia de Villavicencio.
En la década de los ochenta, un mandatario llanero tomó exactamente la misma decisión, despojándose del privilegio de habitar la residencia oficial para priorizar el gasto público y el beneficio de la comunidad.
Aquel protagonista fue Narciso Matus Torres, quien asumió como gobernador del Meta entre 1983 y 1984. Hasta ese momento, la costumbre dictaba que el jefe de la administración departamental debía mudarse con su familia a la casona ubicada en pleno centro de la ciudad, conocida popularmente como la Casa de los Gobernadores.
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No obstante, Matus Torres se convirtió en el primer mandatario en romper de tajo con esa tradición de vivienda gratis, costumbre que nunca más regresó a la vida política del Meta.
“Nosotros teníamos vivienda propia en el barrio La Grama. Lo que mi padre determinó como gobernador, bajo la recomendación de mi madre, Esperanza Díaz, quien era profesora de Bellas Artes, fue ahorrarle al departamento esos costosos gastos de mantenimiento y ceder el inmueble”, recordó a Periódico del Meta su hijo, ‘Nino’ Matus.
Tras ser nombrado gobernador por decreto por el entonces presidente de la República, Belisario Betancur, el político llanero decidió que los techos que debían albergar el poder político se transformaran, en su lugar, en una sede para el arte de la región.
Gracias a ese desprendimiento, la vieja casona residencial del centro de Villavicencio, ubicada una cuadra arriba de la Plaza Los Libertadores, fue entregada oficialmente para convertirse en la sede permanente de la Casa de la Cultura Jorge Élecer Gaitán.
“Lo que pudo ser un palacio de puertas cerradas para el disfrute de un solo funcionario, se transformó en el epicentro de la música llanera, las letras y la plástica regional y luego un homenaje para el poeta Eduardo Carranza”, recordó Matus.
Cuarenta años después, mientras el país asiste al traslado logístico de un despacho presidencial que será apenas de unas cuadras en Bogotá, las calles de Villavicencio guardan el recuerdo silencioso de una lección de austeridad y desprendimiento que demostró que el verdadero liderazgo no necesita de palacios para gobernar.
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