Piñalito, memoria de un pueblo

Los habitantes de Piñalito tienen la esperanza en que sus hijos tendrán un futuro mejor que el que a ellos les tocó ver por culpa de la violencia.

Por Liza Mayerly Zarta Vélez/ Especial Periódico del Meta

Este caserío, a orillas del río Güejar, fue escenario de esos episodios desconocidos que dejó la guerra y que hoy resurgen de los recuerdos de sus habitantes.

Piñalito es un corregimiento a unos 30 kilómetros de Vista Hermosa. Tuvo algo parecido a una fundación, cuando empezaron a llegar colonos, por allá hacia el año 1955 y su nombre se debe al cultivo de piña, lo que primero sembraron quienes llegaron a vivir a la zona.

Años más tarde sería reemplazado por la coca, que tuvo en este caserío uno de los sitios de comercialización más importante, cuando la zona militarmente era dominada por el frente 27 de las Farc y los hombres del Bloque Oriental y el Secretariado General se pasearon por años en el pueblo, incluso antes de que fuera parte de la zona de distensión entre el año 1999 y 2002.

Muchos de los pobladores que no se fueron desplazados ni los mataron, siguen viviendo allí y son testigos del conflicto que se vivió prácticamente en los patios de sus casas y fincas; guardan en sus mentes los recuerdos que parece no se borrarán nunca.

Dicen, por ejemplo, que el 17 de mayo de 1985 en la discoteca Tropirrumba, uno de los sitios donde de hacían bazares para recolectar dinero para las obras que necesitaba el pueblo, se llevaba a cabo una fiesta, la cual fue silenciada por un disparo al aire de un soldado que se encontraba prestando guardia en la calle. En medio de la confusión, un guerrillero salió a enfrentar al uniformado y en el intercambio de disparos murieron cuatro campesinos. El soldado y el guerrillero salieron ilesos.

Pese a lo doloroso, eran mediados de los ochenta, la coca empezaba a ser bonanza y aquel episodio era apenas el comienzo de lo que estaba a punto de vivir Piñalito.

El 22 de febrero de 1988, un grupo de hombres armados irrumpió en la gallera del pueblo masacrando a 17 personas, entre ellas mujeres y niños.

Otro de los referentes que los pobladores tienen del paso de la guerra por este sitio, fueron las ‘casas de pique’, lugares a donde se llevaban a secuestrados para ser torturadas, descuartizadas y desaparecidas en las profundidades del rio Güejar.

“La mayoría de las víctimas eran campesinos que venían del sur, a quienes les deba terror pasar por este corregimiento. Hoy en día es una casa abandonada”, dice Gloria Mesa habitante de Piñalito.

Ni el colegio se salvó: una tarde de entrega de calificaciones a los estudiantes, desde la parte alta del pueblo cayeron dos granadas al mismo patio de la Institución Educativa Gabriel Mistral. El estallido dejó solo heridos, por fortuna pero provocó lo que muchos querían evitar.

“De este colegio desertaron muchos estudiantes, los cuales se fueron a hacer parte de las filas de los grupos armados, algunos regresaban muertos, de otros no se volvió a saber nunca más”, relata Luis Arias, otro de los vecinos del caserío.

El pasado 30 de abril, la Unidad para las Víctimas acompañó a doña Gloria, a don Luis y al resto de habitantes de Piñalito, quienes se convirtieron en sujeto de reparación colectiva. Allí se realizó la jornada de memoria histórica durante la cual se entregó a la Comisión de la Verdad un libro que relata lo sucedido cuando la violencia pasó por aquí.

“El material es resultado de un ejercicio de investigación comunitaria que aportará al esclarecimiento de los hechos acontecidos en medio del conflicto armado, además de contribuir al reconocimiento de las víctimas. Desde la Unidad, estamos avanzando en los diferentes momentos que permitirán reparar colectivamente e integralmente a esta comunidad” afirmó el director territorial de la Unidad para las Víctimas, Carlos Pardo Alezones.

Después del viacrucis

Hoy en día, varios de los habitantes de Piñalito, quienes vieron morir a sus familiares y vecinos, forman parte del Comité de Reparación Colectiva.

El libro titulado ‘Memoria histórica y colectiva de Piñalito’, es un símbolo de cómo de manera unida se pueden reconstruir esos recuerdos esenciales para que quienes murieron no se conviertan en olvido.

Además del libro, también se entregó de manera simbólica el puente que atraviesa el Güejar, uno de los referentes de memoria historia adornado con flores, imágenes, y textos que llamaron museografía, un resumen de la dolorosa barbaridad que sufrió su pueblo.

En medio de todo, los habitantes de Piñalito manifestaron que, después de toda una época de conflicto, hoy están convencidos que lo ocurrido en la discoteca, la gallera y el colegio y los demás sitios mencionados, se han convertido en un icono representativo para la paz que hoy disfrutan en su territorio. Aquel puente es el principal símbolo de memoria y verdad, “porque junta dos polos ese de los que se fueron y no regresaron y los que aún están”.

El acto contó con el apoyo de las Naciones Unidas, de organizaciones de cooperación internacional como la Fundación Panamericana para el Desarrollo (Fupad), Usaid, Acdi/Voca y la Corporación Desarrollo para la Paz el Piedemonte Oriental (Cordepaz), así como de funcionarios de la Unidad para las Víctimas, el Centro Nacional de la Memoria Histórica, la Comisión de la Verdad y de las autoridades locales.

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