Profesionales venezolanos se la guerrean en las calles de Villavicencio

Foto: Archivo Particular

Según cifras de Migración Colombia en el último mes los ciudadanos venezolanos han disminudo su ingreso al país en un 30%

“En Venezuela comer tres veces al día, tomar un jugo o probar una fruta, es un lujo. Y eso es algo que el colombiano no entiende”, expresa con amargura David González, un joven venezolano que llegó a la ciudad de Villavicencio hace más de siete meses con el deseo de encontrar lo que en su país escasea: comida y trabajo.

Antes de vender arepas de harina pan en el centro de la capital metense, este ingeniero de 26 años trabajaba arreglando equipos de computo en Caracas, pero debido a la profunda crisis económica y social que vive su país se vio obligado a realizar este oficio informal.

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A diferencia de muchos entró legalmente al país, ya que su madre es colombiana y su estatus migratorio le favorece. Pero a pesar de tener en regla su situación legal, las oportunidades laborales han sido escasas para él y su familia. “Acá en Colombia la situación es complicada, hay que guerreársela porque te comen los servicios, el arriendo y la comida. Nada es fácil, pero aún así nos rebuscamos el sustento diario”, señala el joven.

Cuando era profesional de los sistemas, David ganaba 20 mil bolívares diarios. Y aunque era una profesión modesta y digna tuvo que dejarla atrás y emprender la aventura en Villavicencio para trabajar en lo que le saliera.

En la actualidad sobrevive haciendo entre 80 y 100 arepas, que le dejan como ganancia 60 mil pesos al día y le permiten llevar el sustento a su hogar. “Con el dinero que me deja la venta de arepas comemos, pagamos arriendo y tratamos de hacer una nueva vida”, comenta.

En otra calle de la ciudad se encuentra Julia María Moreno, una joven proveniente del estado de Carabobo, quien ingresó ilegalmente por una de las trochas que ha sido acondicionada para entrar al país.

Ella, profesional del canto y la lirica y con una experiencia que redondea los 10 años, se gana la vida cantando en las calles de Villavicencio. Emprendió su viaje a esta ciudad hace cinco meses en compañía de su hermano y su mamá.
Las primeras semanas para ella y su familia fueron duras, pues a pesar de ostentar un título profesional en cada puerta que tocaban les decían: “acá no se aceptan venezolanos”, comenta Julia con nostalgia.

“Tener un título en este país no vale, seguimos siendo migrantes y aunque nos han recibido de buena forma, muchos siguen pensando que venimos a quitarles oportunidades y no es así, buscamos sólo una cosa: una vida mejor”, agrega.

Los recuerdos le llegan a su mente cada vez que entona No se olvida, de Franco De Vita, ya que en los buenos tiempos de su país, ganarse la vida como artista era demasiado fácil. Y, enfrentarse a las adversidades diarias era manejable.
Hoy, la situación es otra. No puede trabajar legalmente porque se encuentra indocumentada. “Es complicado tener un ingreso “ordenado y legal” a este país cuando te toca salir corriendo del tuyo. Somos muchos los que estamos en Villavicencio ilegales, esperando, tal vez, a ser deportados. Sin embargo, tratamos de ganarnos unos pesos honradamente”, señala.

Otra es la historia de Humberto Morales, un apasionado de los números que estudió administración de empresas. Él, como muchos de sus compatriotas salió exiliado de su país tras luchar incansablemente por superar las injusticias que a diario se viven en Venezuela. Entró por una trocha a Tame, Arauca y luego emprendió rumbo hacia Villavicencio. También se encuentra indocumentado.

Un conocido le ayudó a encontrar trabajo como barman en un prostíbulo de la ciudad, y aunque gana poco, asegura que es más de lo que recibía en Venezuela trabajando dos quincenas seguidas.

“Me cansé de aguantar hambre, de luchar, protestar y de ver morir gente inocente y decidí buscar un mejor futuro en tierra colombiana. Aquí por lo menos tengo la comida asegurada y la certeza de que voy a regresar con vida, en Venezuela no “, dice.

Vive en una habitación arrendada en una residencia del barrio Villa Julia. Paga 15 mil pesos por día y su mayor temor es ser deportado. Espera que la situación para él y otros migrantes se pueda solucionar pronto, pues no sabe cuándo terminará la crisis en su país.

Este venezolano cuenta que últimamente ha visto a varios de sus paisanos también en el rebusque en diferentes sitios de la ciudad. “Son muchos los compatriotas profesionales y no profesionales que han llegado a enrolar las filas del trabajo informal en esta ciudad, y cada día serán más. Lo triste del tema es que están indocumentados y muchos se aprovechan de esa condición para explotarnos laboralmente”, señala Humberto.

Estas son algunas historias de los casi 3.700 venezolanos que habrían llegado a la ciudad, según cifras de la Secretaría de Gobierno del municipio, y que se encuentran laborando en Villavicencio de manera informal.