Solidaridad cotidiana

Por: Pedro Miguel Funes
Doctor en teología

Desgracias de grandes dimensiones suceden en el mundo todos los años. Muchas veces se deben a causas que están fuera del control humano, como los terremotos, tsunamis, huracanes y demás. En otros casos es el mismo hombre a provocarlas, como sucede con las guerras o con las catástrofes ecológicas. De cualquier forma, en el marco de estas tragedias suelen observarse manifestaciones notables de solidaridad entre las personas. Paradójicamente es con ocasión de los acontecimientos más desastrosos cuando surge y se hace ver lo más valioso de los corazones en orden a afrontar, hasta el heroísmo, el mal que se presenta.

La solidaridad no debe operar solamente en casos como los señalados, porque es un principio esencial de la sociedad humana a la que da unidad. Las personas no han nacido ni viven aisladas, sino formando grupos y sociedades ya que en cada uno existe algo que lo vincula a los demás por el mismo hecho de ser humanos.

Además de este nivel de solidaridad con todos los hombres, otros niveles de solidaridad reflejan la unidad que se forma en los grupos humanos por la lengua, la historia, la cultura o incluso, en asociaciones intermedias, por ideales, metas, intereses. Indudablemente la manifestación básica de la solidaridad se encuentra en la familia.

La solidaridad, como principio de la vida social propiamente humana, no se reduce al instinto gregario de los animales, sino que es de naturaleza moral porque su ejercicio supone el uso de la inteligencia y la voluntad. De esto se desprende que pueda debilitarse y que por ello una sociedad llegue a fracturarse y dividirse. La solidaridad se puede comparar con la solidez de los cuerpos cuyas partes están unidas fuertemente, en contraposición a los gases y a los líquidos. La falta de solidaridad permite la disgregación y separación de los elementos sociales.

Sentirse y formar parte de la familia humana es reconocer la igual dignidad y valor de todas las personas, sin dejar de reconocer también las diferencias de cada una. La solidaridad en el conjunto de la humanidad puede ser efectiva si primero en las relaciones entre las personas y los grupos se descubre la condición que nos une a todos y nos hace prójimos (próximos). Desde este punto de vista, la parábola del buen samaritano encierra una interpretación especial para el mundo globalizado de nuestros días.

Lo que el país necesita ahora es que la solidaridad brille con más fuerza en la vida cotidiana tan llena de dificultades. Si el tejido social ha sido desgastado por la delincuencia y la corrupción a través de tantos años, será con un esfuerzo duradero, también a través de los años, que se logrará resanar.