Un paseo por la historia de Villavicencio

Inaugurado en el año 1955, por el presidente general Gustavo Rojas Pinilla. Su nombre viene del día de posesión como presidente del general Rojas.

Periódico del Meta reproduce una compilación de historias tomadas en el año 2016, sobre cómo era la ciudad que hoy nos alberga, narradas por personas que vivieron esas épocas. Los relatos dan cuenta de los avances y el desarrollo de la ciudad, puerta de entrada a la otra ‘media Colombia’.

Con su trabajo congeló la ciudad

Guillermo Herrera Vargas, 1932 –

Comencé a trabajar el 15 de abril de 1948. Ese día, por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, cerraron la escuelas por varios meses, y en aquellos tiempos, los padres le decían a uno, mijo o trabaja o estudia… Y me quede trabajando.


Villavicencio se componía de 10 o 12 manzanas. Se extendía hasta donde hoy queda el Parque del Hacha. Cuando tenía como nueve años, recuerdo que íbamos al Caño Maizaro a bañarnos – ahí por los lados de donde hoy en día queda la Clínica Meta -. Era un caño de agua cristalina y caudaloso.


El día en que vino el general Gustavo Rojas Pinilla, inauguró la vía a Apiay, desde el retén que estaba ubicado donde comenzaba la Finca San Benito – una cuadra abajo donde hoy está Unicentro -; la Plaza de Ferias, donde hoy queda el Palacio de Justicia y el puente Trece de Junio, sobre el Caño Parrado. En lo que hoy es la plazoleta de ‘Cielos Abiertos’, frente al Centro Comercial Villa Julia.


Cuando la ciudad comenzó a crecer, don Evaristo –no recuerdo su apellido- trajo cinco buses. Ahí comenzó el transporte urbano en Villavicencio, el pasaje valía dos centavos.


A raíz de un incendio a mediados de los años 50, que acabó con varios locales de una misma cuadra, don Manuel Calle Lombana, el alcalde y el intendente, el general Turriago -esto era una Jefatura Militar-, se reunieron para crear el Cuerpo de Bomberos Voluntarios, la primera sede quedó en el barrio Emporio, frente a donde hoy día queda la estación de servicio Virgen de Manare.


El Teatro Cóndor era uno de los pocos sitios donde se podía llevar a las amigas o la novia, sobre todo cuando presentaban películas mexicanas. En la terraza del edificio del teatro, quedaba una heladería.


También las llevábamos al Circo Ataide, que llegaba al lote donde luego construyeron el Hotel Meta. Hoy queda allí drogas La Rebaja, en la Plazoleta Los Centauros.


Yo tenía mi negocio de fotografía, primero a la vuelta de lo que hoy es la Gobernación, luego me traslade a un costado de la casa del padre Mauricio Dieres Monplaisier, que después se convirtió en un depósito de cemento. Fui fundador del Cuerpo de Bomberos. En esa época cuando sonaba la sirena salíamos corriendo a atender la emergencia y dejaba el negocio abierto, incluso con clientes, después de horas de atender el auxilio regresábamos y encontrábamos todo en su lugar, no se perdía nada.

Inaugurado en el año 1955, por el presidente general Gustavo Rojas Pinilla. Su nombre viene del día de posesión como presidente del general Rojas.

La vida alegre

Eduardo Espinel Riveros, 1942 –

En Villavicencio nadie bailaba joropo a comienzos del siglo XX. Este atractivo cultural fue traído tiempo después desde el departamento de Arauca por las primeras urbanizadoras del caserío: Las prostitutas.


Digo que fueron las primeras urbanizadoras porque a donde las pusieran ellas se reorganizaban, así nacieron muchos barrios como el Villa Julia, San Isidro, Santa Inés, El Porvenir, San Gregorio y Gaitán, hicieron parte de la zona de tolerancia de Villavicencio.


Cuentan que en varias ocasiones, los sacerdotes acompañados de la misma comunidad, expedían decretos para moverlas del lugar donde estaban instaladas, esto con el fin de ahuyentarlas y que no fueran una tentación para los hombres.


Quienes en los años 60 éramos muy jóvenes y no frecuentábamos esos lugares, salíamos con los amigos y amigas de la cuadra a bailar ritmos como chachachá, mambo, fox, rock and roll, twist; y a escuchar al Trío los Panchos y a Pedrito Ladino.
Recuerdo que los domingos después de ir a la iglesia íbamos al Club Meta (cuando quedaba en el centro de la ciudad en la esquina frente a la Casa de la Cultura) y hacíamos empanadas bailables.

El Pedregal -hoy ubicado en pleno centro de Villavicencio- era el sector donde se asentaba las prostitutas.


Eso era la locura. Sin embargo, para desgracia de los hombres cada mujer iba acompañada de su hermano.


A veces nos quejamos mucho del desarrollo de esta ciudad, pero se nos olvida que mientras Medellín tiene más de 400 años, Villavicencio cumple 179.

Con aroma a café

Luis Alfredo Torres 1914 – 2019

Luego de tres días de viaje, procedentes de Fomeque. Vi a Gramalote como un punto de referencia para el desarrollo por su ubicación, la riqueza de sus tierras, sus ríos, el clima y la gente. Cambié mi casa de Fómeque por una finca de 85 hectáreas en la vereda Contadero, que costaba alrededor de 25 mil pesos de ese entonces.


El arroz, el plátano, el café y el ganado eran los productos que más se producían en esta región. Me concentré en la siembra de café y siete variedades de plátano, suficientes para sacar adelante a mi familia.


Una o dos veces por semana, bajaba a caballo hasta el sector comercial (hoy barrio Villa Julia) donde llegábamos a hacer remesa. Recuerdo que cerca al árbol la ceiba, que aún existe, me trillaban el café. Mientras hacían eso, me iba a vender el plátano al Batallón de Intendencia Número 7, que funcionaba en la parte de abajo del Parque del Hacha -enseguida de donde hoy día queda Bomberos-.

Construcción puente sobre el Caño Gramalote


La vida era tranquila. De vez en cuando me pegaba mis escapaditas a la esquina del parque donde era el Hotel América, diagonal a la casa donde vivia el padre Mauricio Diéres Monplaisir, a empacarme unos totumados de chicha escuchando a Gardel, a Tito Guízar o un llanerazo de esos que avivan el sentir.


No teníamos muchas preocupaciones; el trabajo y las ganancias eran suficientes para uno sentirse bien. . Por la extensión de la finca, terminé contratando empleados para que me ayudaran a recolectar el café y les pagaba el jornal a 40 o 60 centavos.
Algunos domingos bajábamos al pueblo para ir a ver películas mexicanas. Recuerdo el teatro Cóndor, y el Ariari, cerca al Parque del Hacha.

Escribiamos poesía y tocabamos violín

Felicidad Barrios Hernandez, 1917 – 2015

Mi primaria la estudié en el colegio La Sabiduría, con las hermanas francesas. Nos enseñaban muchos valores. En los ratos libres nos ponían a escribir poesía. No había bachillerato.

Colegio La Sabiduría año 1920


En los días de la Semana Mayor, veíamos películas religiosas en el teatro Verdum, ubicado en el patio de la casa del padre Mauricio Dieres Monplasier,. Allí nos sentaban en el césped y proyectaban las películas en una sábana blanca.


El resto del año, nuestros padres nos enviaban por las tardes a recibir clases de violín.


Los fines de semana, mi papá nos llevaban a pasear a las fincas de amigos que quedaban al borde del poblado. Recuerdo los paseos a la finca de don Baronio Arciniegas. Era la hacienda El Barzal, (hoy en día barrio El Barzal).


Eso si, los mejores paseos eran al caño Maizaro. Eran aguas muy limpias, cristalinas. Eso sí, después de cruzar los potreros de la finca El Barzal, en los años 1930 y 1940.
En vacaciones, mi papá nos llevaba a la finca Barcelona (donde hoy queda la Universidad de Los Llanos). Íbamos a caballo. Eran tres o cuatro horas a lomo de bestia. Siempre y cuando el caño Ocoa no estuviera crecido, por que entonces el viaje duraba dos días.

Casa del padre Mauricio Dieres Monplasier, hoy día allí quedan el Banco de la República y el edificio donde funciona BanColombia y la Lotería del Meta, en el costado oriental de la plaza los Libertadores.


Había muchos cultivos de arroz y maíz, que eran llevados al molino Tres Esquinas (hoy frente al Parque de Los Estudiantes). Los días de mercado los campesinos traían los productos al parque central, allí habiían toldos, era la plaza de mercado.


En aquella época nos abastecíamos de agua tomándola de unas albercas que había en las esquinas de algunas calles. Desde allí las llevábamos en balde a las casas. Mi casa materna quedaba en la plaza cedntral, hoy día queda allí el edificio de la Gobernación.


El día en que llegó el primer carro a Villavicencio fue un acontecimiento. Ese día hicieron mucho alboroto recorriendo la ciudad. Ellos cobraban por dejarlo montar a uno. Le daban una vuelta hasta la virgen, un monumento que quedaba en el Parque Infantil.