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sábado, 18 de abril de 2026
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Vivir con las marcas del conflicto armado

Vivir con las marcas del conflicto armado 1
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Redacción PDM

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Para Heyder Javier Cepeda, soldado profesional activo en el Meta, el conflicto armado no solo dejó cicatrices físicas, sino también emocionales que comenzaron a marcar su vida mucho antes de su doloroso encuentro con una mina antipersonal.

Por: Daniel E. Jiménez

El 6 de agosto de 2012, a las 6:00 de la mañana, una mina antipersonal volvió a abrir una herida en su historia. El hecho ocurrió mientras cumplía labores de relevo de guardia en una zona de operaciones, en medio de un contexto atravesado por el conflicto armado.

“En 2012 caí en una mina a las 6 de la mañana entregando un puesto de guardia”, relató. La explosión le causó lesiones permanentes en el pie derecho, especialmente en el primer dedo, lo que limitó su movilidad. “El dedo gordo casi no lo muevo. Por ejemplo, lo que no puedo hacer es jugar fútbol”, explicó.

Cepeda, hoy dragoneante del Ejército Nacional, inició su camino en la institución tras prestar servicio militar entre 2006 y 2007 en Tauramena, Casanare. Luego decidió continuar como soldado profesional. “Presté servicio 24 meses. Desde ahí me gustó la carrera, me gustó el Ejército”, señaló.

Su decisión, sin embargo, también estuvo influenciada por su historia personal como víctima del conflicto. Su padre fue asesinado por un grupo armado ilegal en Cúcuta, Norte de Santander, un hecho que marcó profundamente su vida y la de su familia. “La guerrilla mató a mi papá (…) yo quedé huérfano por culpa de los bandidos”, afirmó.

Tras el accidente con la mina antipersonal, Cepeda enfrentó un proceso de recuperación que le permitió regresar al servicio activo. No obstante, un año después volvió a resultar herido durante una operación militar en la cordillera del Meta, entre los municipios de Lejanías y Mesetas.

“En 2013, a las 5:34 de la tarde, caí en un campo preparado (…) eran granadas de mano trampeadas, reventaron seis”, contó. El ataque le dejó siete esquirlas en el cuerpo: una en la cabeza, dos en el brazo izquierdo y otras en la espalda y el glúteo.

El uniformado también recordó que, durante ese mismo hecho, varios de sus compañeros resultaron afectados, algunos de ellos de gravedad. “Cuando llegamos, mi cursito Díaz estaba envuelto ya en la cintela y el poncho; ya estaba muerto”, dijo.

Para Cepeda, el uso de minas antipersonal y artefactos explosivos improvisados representa uno de los mayores riesgos en las zonas de operación, no solo para la Fuerza Pública, sino también para la población civil. “Los civiles también caen en la guerra, mire a mi papá”, expresó.

A pesar de las lesiones y de las experiencias vividas, decidió continuar en la institución. Durante su recuperación accedió a procesos de formación académica que ampliaron sus oportunidades. “Me dieron la oportunidad de estudiar, tengo mi carrera en el Sena, soy piloto de drones”, indicó.

Actualmente, además de sus funciones, comparte sus conocimientos con otros integrantes de la Fuerza. “Yo le enseño a los que siguen, como a mí me enseñaron”, explicó, al destacar su rol como guía para nuevos soldados.

En el plano personal, Cepeda reconoce que las secuelas del conflicto no solo son físicas. Al ser consultado sobre el perdón, fue enfático: “No perdono. Me quitaron una vida, que es la de mi papá, y yo quedé jodido”. Sin embargo, aseguró que su enfoque ha sido seguir adelante con su vida y su carrera.

El soldado también recordó el impacto que estos hechos tuvieron en su familia, especialmente en su madre, quien enfrentó dificultades emocionales y económicas tras la muerte de su esposo y durante el proceso de recuperación de su hijo.

De cara al futuro, el dragoneante proyecta continuar su formación académica y fortalecer su experiencia como piloto de drones, una habilidad que también busca transmitir a otros militares. Su meta es seguir aportando desde nuevos espacios, incluso cuando finalice su carrera en el Ejército.

Su testimonio se suma al de cientos de militares y civiles afectados por minas antipersonal en Colombia, y deja en evidencia que, más allá de las cifras, el conflicto sigue teniendo un impacto profundo en la vida de quienes lo han vivido de manera directa.


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