miércoles, 21 de febrero de 2024
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Educación y ‘la tiranía del mérito’


Educación y ‘la tiranía del mérito’ 1
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Redacción PDM

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El analista de datos, experto en impulsar proyectos de promoción de derechos humanos, construcción de paz y desarrollo sostenible, escribe sobre la importancia de una educación de calidad. 

Por Santiago Martínez Castilla / Especial Periódico del Meta

En anteriores columnas intenté poner de relevancia los retos estructurales que se deben enfrentar en el Meta para superar las brechas de desigualdad y las trampas de la pobreza que afectan a casi la mitad de la población del departamento.

Una de las principales conclusiones es el valor estratégico de invertir en educación como un factor diferencial que permita aumentar las probabilidades de generación de valor y desarrollo social. Mejorar los índices asociados a la educación, cobertura y calidad principalmente, es una forma de incidir casi directamente en los niveles de ingreso en una población.

No obstante, lograr niveles educativos altos sigue siendo un privilegio para grupos exclusivos de la sociedad, y el ascenso económico y social asociado a esto está llevando a lo que Michael Sandel (filósofo y profesor de Harvard) llama “La Tiranía del Mérito”. En el libro que lleva este mismo nombre, Sandel menciona que aquellos (as) que han llegado a la cima de sus profesiones consideran que su éxito es gracias a ellos (as), que están donde deberían estar porque lo merecen por sus estudios y trabajos, y que los que están en situaciones sociales y económicas desfavorables “merecen” estar donde están.

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Detrás de este razonamiento hay una concepción del “éxito” vinculada a la obtención de riqueza y, por tanto, también relacionada con desigualdad y pobreza. Vivimos en una sociedad profundamente polarizada no solo por posiciones ideológicas o políticas, sino también por posiciones clasistas: los que “más tienen” versus los que “menos tienen”.

Esta concepción del éxito, y del mérito que puede llevar a conseguirlo, es una carga de profundidad para la democracia actual ya que perpetúa la pretendida “superioridad arrogante” de los gobernantes sobre los gobernados, de las élites sobre los menos favorecidos, y porque olvida dos premisas básicas:

  • La responsabilidad social que tenemos los que hemos tenido más oportunidades de crecimiento social y económico, y que
  • No todas las personas tienen las mismas posibilidades y oportunidades de crecimiento social y económico.

Si olvidamos estas dos premisas básicas, olvidamos que la democracia requiere de destinos compartidos y de responsabilidad mutua entre los distintos grupos sociales y poblacionales. Enfrentar los desafíos relacionados con la sostenibilidad ambiental, el acceso a recursos, la reducción de la brecha tecnológica, la superación de la pobreza y la reducción de conflictos violentos requiere de apuestas democráticas en común, trabajo colaborativo e inteligencia colectiva. En otras palabras, requiere de comunidad y sentido de pertenencia.

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Volviendo al punto de partida, ¿es la educación la causante de esta situación? Sin duda no, el origen puede estar en la concepción arrogante de éxito asociada a logros derivados de conseguir altos niveles educativos. Entonces, ¿qué tipo de educación se requiere para superar la pobreza y la desigualdad? También sin duda, aquella educación que permita otorgar oportunidades de crecimiento a grupos poblacionales, atendiendo sus diferencias. Además, aquella educación que recuerde el compromiso y responsabilidad de los que estamos en condiciones favorables, por trabajar en la superación de las desigualdades.

Esto último parece una obviedad, pero no lo es. Con el concepto arrogante de éxito tan extendido, la educación es vista solamente como una herramienta o un “trampolín” de ascenso social, pero no como un privilegio que genera una responsabilidad con aquellos que no lo tienen. Incluso, esta visión instrumental de la educación está siendo motivada por los mismos centros de enseñanza (colegios y universidades) que “venden” sus procesos formativos como productos que te permiten “alcanzar el éxito” y olvidan los principales beneficios de la vida educativa: capacidad de reflexión, pensar sobre aquellas cosas que valen ser vividas, criticar y poner en juicio tus propias convicciones, querer cambiar lo establecido, decidir cómo quieres vivir tu vida, determinar lo que estás llamado a ser como persona. Estos beneficios solo se logran con formación humanística.

En conclusión, un gobierno comprometido con la superación de la desigualdad y de la pobreza debe invertir en mejorar los índices de cobertura y calidad de la educación de la población, otorgando herramientas de crecimiento atendiendo las diferencias culturales, sociales y territoriales, y, sobre todo, inculcando un profundo sentido de humanidad y de preocupación por su comunidad.

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