Mariscar: amenaza de muerte ‘por tradición’

Las pieles para usos comerciales o incluso para hacer brebajes, son también causas de la caza de fauna silvestre en el Meta. Foto: Oscar Bernal

Los grupos de la familia Guahibo o Sikuani se caracterizaron históricamente como auténticos cazadores-recolectores y durante años lograron resistir los procesos de sedenterización y cristianización que adelantaron las misiones jesuitas.

Y es que la caza de animales silvestres ha estado tan ligado a la cultura llanera que incluso hace parte de conflictos de tierras y oscuros episodios de nuestra historia. Como lo narra el profesor de la Universidad Nacional, Augusto Gómez, en su investigación ‘La guerra de exterminio contra los grupos indígenas cazadores-recolectores’, en la tarde del 26 de diciembre de 1967, unos vaqueros invitaron a varios indígenas a comer, luego de ir juntos a mariscar (cazar).

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Cuando estaban almorzando juntos, los indios fueron sorprendidos por los colonos con garrotes y cuchillos; al intentar huir, los arremetieron con disparos de revolver y sus cuerpos fueron arrastrados por mulas. Solo dos indígenas sobrevivieron y por ellos fue que se conoció la masacre de La Rubiera (Arauca), la cual también relatan autores como Germán Castro Caycedo en el libro Colombia Amarga.

Así como ir a mariscar fue la excusa de aquel deplorable asesinato, el hecho de invitar a compartir una faena para buscar animales y comerlos ha sido un acto de amistad y fraternidad entre vecinos de fundos en las llanuras.

“Es un acto de cordialidad compartir la marisca; el producto de la cacería lo comen varias familias por días enteros y hace parte de una cultura de los hombres de sabana, practicado también por los indígenas”, manifiesta el folclorista, Jairo ‘Topo’ Solano, quien agrega que pese a las recomendaciones médicas nunca ha conocido a una persona que se intoxique por consumir animales silvestres.

Si bien la Secretaría de Salud del Meta tampoco ha reportado casos de intoxicación en humanos por consumo de marisca, sí es necesario tener previsiones. El documentalista y gestor cultural, José David Oropeza, cuenta que al cazar y comer la chenchena (también llamada pava hedionda), se debe tener en cuenta no echarle los huesos sobrantes a los animales de la finca, que son domésticos porque se pueden envenenar.

“La chenchena come una fruta que le llamamos guachamacá, cuyos nutrientes se concentran en los huesos del ave, contaminándolos. Ha habido casos en los que al echarle esos huesos a los perros o animales domésticos de los fundos, estos se vuelven locos. Aunque no es común que la gente coma chenchena, hay que tener cuidado”, recomienda este comunicador llanero.

Sin embargo, para expertos como Carlos Alberto Parra, del Grupo Biótico de Cormacarena, la cacería es uno de los factores desencadenantes para el criterio de extinción de las especies.

“Las personas que están más arraigadas a un territorio son las que tienen mejores criterios para cuidar las especies de un lugar y hacerla un poco más moderada, pero en términos generales la caza está prohibida y no puede ser llamada cultura porque no tiene principio, ni ningún  fundamento, no hay límites, ni criterio”, enfatiza el funcionario.

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Los monos, los tigres y las dantas son algunos de los animales que más son cazados para comercializaciòn o marisca. Foto Oscar Bernal

De acuerdo al estudio ‘Fauna Silvestre en el Departamento del Meta’, elaborado por la Corporación Ambiental, las especies mayormente cazadas en esta región son lapa, chigüiro, armadillos y tortugas y pese a estar prohibido mariscar todo tipo de vida silvestre, también dentro de las víctimas están tigres, venados, dantas y monos tití.

Solo en lo corrido del 2019, el Comando de Policía en el Meta ha reportado la incautación de más de 300 kilos de carne. Aunque la mayoría de las veces se decomisa por no tener documentación legal, mucho de ese producto, se cree, es aprovechamiento de cacería ilegal de fauna silvestre en municipios como Mapiripán y Puerto Gaitán, entre otros.

De acuerdo a las incautaciones de la Policía y los controles que hacen las autoridades ambientales, los municipios en el Meta que más proveen carne de monte o marisca son en su orden Puerto Gaitán, Puerto Rico, Puerto López y Puerto Concordia.

Para Livia Omaira Epe Flor, gobernadora indígena Nasa, de Mesetas, aunque respeta las tradiciones ancestrales de otras comunidades, su pueblo decidió hace muchos años no tener ninguna actividad de caza ni de consumo ni por recreación.

“No se practica la marisca porque nos hemos dedicado a cuidar los recursos de nuestro entorno. Históricamente los Nasa no hemos sido cazadores, y ahora con todos los cuidados que se deben tener sobre los ecosistemas y el medio ambiente, hemos inculcado aún más en las nuevas generaciones la protección del entorno que habitamos”, dice la líder indígena del Meta.

Otros negocios

Pero en el Meta no solo se sale a mariscar para el consumo, también se hace como negocio e incluso como uso medicinal. En la primera categoría están los loros, pericos, guacamayas, gallitos de roca, y venados, como los que más animales afectados.

Cuando se usan para hacer medicamentos e incluso para rituales sanadores o de brujería, los jirigüelos, las serpientes, coatí y murciélagos son los más damnificados.

“Sin embargo hay preocupación porque en los últimos cuatro años han aparecido muchos casos de delfines rosados que aparecen muertos en diferentes ríos del Meta, Arauca e incluso en el Orinoco. Se cree que la población ha pasado de 500 ejemplares  a solo 150”, dijo Fernando Trujillo, de la Fundación Omacha.

Su caza se ha vuelto común porque, al parecer, usan alguna parte del animal para brebajes que supuestamente potencializan el desempeño sexual.

Con todo, según el experto en temas de caza, Carlos Alberto Parra, “no existe una fuerte conciencia para evitar mariscar, sean cuales sean sus justificaciones o al menos para llevarla a un nivel de conservación”.