Opinión: El mundo de rodillas

Por Nelson Augusto López| Consultor

Del fin del mundo supe por primera vez en las charlas de familia que escuchaba de niño, eran versiones apocalípticas. Lo más cercano que veía del fin eran las crecientes del río Upín, un monstruo rugiente que amenazaba devorarse mi pueblo, Restrepo, Meta.

El inicio del final de los tiempos estaba por llegar. Conté aquí hace poco, que un reconocido científico dijo, con certeza de sabio, que la Tierra está en una agonía de 200 años.

Ahora, aparece una invisible molécula de proteína envuelta en grasa que busca a la gente para transformarse en una monstruosa célula que mata, que ha doblegado a 7.200 millones de personas que habitan el planeta, a potencias mundiales, a países en desarrollo y que tiene corriendo a la ciencia tras la vacuna para combatirla; mientras tanto, el jabón es la salvación.

El Covid-19 llegó como un cruel ‘tatequieto’ para la humanidad, que la ha hecho sentir una frágil especie en peligro de extinción.

Lea también: El mensaje del virus por Sarah Cadavid

Una paradoja: la preocupación era cómo alimentar una población mundial de 9.600 millones de personas en 2050, mientras el capital natural del planeta se arrasaba sin pausa.

El impacto del cambio climático será peor en 30 años. La temperatura subirá e irá haciendo inviable la agricultura en muchas regiones del mundo; el 70% del agua que es usada para producir alimentos, será escasa. Habrá más pobres y se multiplicarán los 820 millones de personas que hoy padecen hambre.

El coronavirus es una dura prueba, pero deja producir alimentos. El cambio climático destruye la producción, generará conflictos por el agua, borrará fronteras y matará más gente. Lo más parecido al fin del mundo.

Ojalá la lección del coronavirus sea lograr un mundo que valore la naturaleza y garantice su uso sostenible. “No se trata de salvar al planeta, pues este esferoide rocoso seguirá orbitando alrededor del Sol por miles de millones de años, se trata es de salvar a la humanidad y a los otros organismos vivos”, dice Paolo Lugari.