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sábado, 22 de agosto de 2026
Pico y placa : No aplica

Óscar Díaz, el luthier de Villavicencio que mantiene viva la tradición musical llanera | La otra cara

Óscar Díaz, el luthier de Villavicencio que mantiene viva la tradición musical llanera | La otra cara 1
Este artesano metense ha crecido a la par de las exigencias del folclor y sus nuevas generaciones garantizan continuidad en el oficio.
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Redacción PDM

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Heredero de una tradición accidental, hoy es uno de los luthiers más respetados de la región. Sus cuatros y bandolas no solo afinan con perfección, sino que garantizan calidad.

Por Jhon Moreno

Cuando se entra al taller huele a cedro, a pegamento y un poco a tiempo detenido. En medio de virutas que se meten entre los recuerdos, están las herramientas cuidadosamente ordenadas en la pared del lugar, en una calle del barrio San Benito de Villavicencio.

Ambos se conocen, por eso Óscar Olimpo Díaz García toma un trozo de madera y lo examina con familiaridad, solo con esa confianza que da más de 45 años dialogando con ella.

Óscar no solo ensambla piezas, moldea, afina y otorga voz a la identidad de una región entera. Como heredero de una tradición que su padre, el músico Olimpo Díaz, inició hace medio siglo de manera casi accidental, hoy Óscar se erige como uno de los luthiers más respetados del Meta.

No lo sabe, pero es un guardián silencioso de la sonoridad llanera que se resiste al olvido en una época dominada por la inmediatez comercial y el reciclaje musical.

Historia

Es que el noble oficio que Óscar ejerce con tanta devoción tiene raíces milenarias, desde Ur (Mesopotamia), cuando ya hombres fabricaban arpas.  La palabra “luthier” proviene del término francés luth (laúd), y su origen formal se remonta a la Europa del Renacimiento y el Barroco.

Fue allí donde familias legendarias como los Stradivari y los Amati elevaron la construcción de instrumentos de cuerda a la categoría de arte sublime.

Con el paso de las décadas, la luthería del viejo continente se adaptó a las maderas nativas en Colombia, floreciendo primero en la zona andina con talleres artesanales en Chiquinquirá (Boyacá) y Marinilla (Antioquia), cunas del tiple.

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Posteriormente, en la inmensidad de los Llanos Orientales, el ingenio local y la herencia de las misiones jesuitas forjaron el conocimiento sobre el arpa, el cuatro y la bandola llanera, creando un ecosistema sonoro.

En ese linaje de artesanos mestizos se inscribe la historia de los Díaz. Óscar aprendió los secretos a la prematura edad de siete años. Su padre, de profunda vena autodidacta, empezó reparando sus propios instrumentos hasta que la pasión por construirlos desde cero lo transformó en un luthier consagrado.

Hoy, la herencia está garantizada por los dos hijos de Óscar, quienes conforman la tercera generación de esta dinastía. Para él, el secreto del éxito radica en fusionar dos disciplinas: la luthería y la interpretación musical.

Todo cambia

“Lo que uno más disfruta es poder escuchar qué es lo que uno hace y ofrecerles a las personas un instrumento que ha pasado por manos de un músico, con la garantía de que le va a afinar, va a sonar bien y tendrá durabilidad”, afirma el maestro con un tono pausado.

La tradición, sin embargo, no ha significado estancamiento. Este artesano metense ha sido un testigo privilegiado de la evolución musical del llano. Óscar recuerda cómo hace cuatro décadas, la bandola llanera apenas contaba con siete trastes.

“La bandola llanera de hace unos 40 años atrás era un instrumento que tenía siete trastes, que tenía una forma muy distinta a las bandolas modernas y a partir de que los intérpretes empezaron a necesitar más registros, más armonías, se empezó a hacer un trabajo fusionado con la luthería, explicó el artista de instrumentos.

Es decir que la luthería tuvo que responder en el taller. De siete trastes pasaron a nueve, catorce, diecinueve, hasta llegar a las sofisticadas bandolas de veinticuatro trastes que hoy nacen bajo sus manos.

Asegura Oscar que “siempre hay una tendencia a evolucionar tanto en la parte de la destreza del intérprete como uno de luthier, que debe tratar de llenar esas necesidades del músico”.  

Ese afán por satisfacer al músico lo ha llevado a explorar horizontes distintos, construyendo cuatros de ocho cuerdas, guitarras de siete e incursionando con éxito en instrumentos mexicanos como vihuelas y guitarrones.

Uno de los logros que más lo enorgullece es haber derribado un complejo histórico. Durante décadas, existió en la región el mito de que solo los instrumentos venezolanos poseían calidad verdadera.

“Con tal de que fuera venezolano, todo el mundo lo aceptaba, así no afinara. Ese mito se ha estado corrigiendo tal vez desde hace unos 30 o 25 años para acá”, recuerda.

Gracias a la disciplina de creadores como él, esa desproporción se ha nivelado por completo. Actualmente, la manufactura llanera es tan rigurosa y respetada que sus instrumentos cruzan la frontera y son adquiridos en Venezuela.

Es un mercado que sobrevive y prospera gracias al prestigio orgánico del “voz a voz”, nutriendo a solistas, cantautores, maestros de casas de la cultura y academias formativas.

Las raíces

Pese a los triunfos técnicos, a Óscar le preocupa profundamente el panorama cultural. En recientes tertulias en su taller con referentes locales como John Harvey Perdomo y Yesid Benítez, se ha debatido el impacto de las fusiones modernas.

Al comparar el fenómeno con la transformación comercial que sufrió el vallenato, advierte que es vital fortalecer el gusto por lo criollo desde los semilleros infantiles.

Ahora que la capital del Meta vivió el Torneo Internacional del Joropo, su mensaje es un llamado a la cordura cultural: “Hay que mirar las sendas antiguas. Lo ancestral tiene raíces que, si olvidamos de dónde venimos, nos harán perder la esencia”.

“Desde las los semilleros pequeños que es donde comienza a despertarse el gusto por la cultura, tratar de venderle la idea a las personas de que es importante no perder las raíces, lo esencial. Porque si se sigue así la tendencia, finalmente las generaciones futuras no van a conocer realmente lo que fue en sus orígenes la tradición de la música llanera”, enfatizó Díaz.

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