‘Villavicencio necesita profundizar sus raíces’, dice uno de los últimos sacerdotes monfortianos en el Llano

El padre Leonardo Bernal es uno de los últimos representantes de la comunidad monfortiana en el Llano.

A propósito del Día del Periodista, esta semana el padre monfortiano, Mauricio Dieres Monplaisir, fue exaltado como uno de los pioneros del periodismo en la región. Sin embargo, y a pesar de sus aportes al desarrollo de Villavicencio, alrededor de su figura aún hay algunas voces críticas que lo ven más como un sacerdote defensor a ultranza de las ideas conservadoras más radicales y que veía la ideología liberal como un pecado.

Pero más allá del debate, la legión de sacerdotes monfortianos que, como Dieres Monplaisir, llevó desarrollo social a los más profundo de unos Llanos inhóspitos de principios y mediados del siglo XX, no se puede soslayar en las narraciones históricas.

Para indagar qué ha pasado con esta comunidad que jugó un papel fundamental en el Meta y el resto de la Orinoquia, Periódico del Meta (PDM) dialogó con el sacerdote medellinense Leonardo Bernal (L.B.), uno de los últimos misioneros de esta comunidad, que espera no extinguirse con el paso de los años.

PDM ¿Hace cuándo es sacerdote?

L.B.: Desde el 2008, cuando me ordené, pero con la comunidad monfortiana estoy vinculado desde 1997 cuando inicié mis estudios de filosofía y teología.

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PDM: ¿Por qué le llamó la atención esta comunidad?

L.B.: En el nororiente de Medellín tenían una parroquia periférica con una misión en una comunidad desplazada del Urabá. Desde niño me gustó mucho el servicio y allá íbamos a visitar a los enfermos y celebrar la Eucaristía. Allá se dejaron dos iglesias en los barrios La Cruz y Bello Oriente.

PDM: ¿Son diferentes los monfortianos ‘paisas’ a los ‘llaneros’?

L.B.: Sí, fue muy diferente, con misiones distintas. En el Llano llegaron en 1904 y les encargaron la intendencia de Oriente que hoy es Arauca, Meta, Guaviare, Vichada y Vaupés. Era un territorio inmenso por lo que la fuerza misionera estuvo centrada fue aquí, casi hasta mediados de los años 40 y luego se entregó a los Misioneros de Yarumal.

PDM: ¿Cuál es la filosofía central de los monfortianos?

L.B.: Son tres: el primero, anuncio de Jesucristo como sabiduría de Dios; dos, la misión evangelizadora y tres, la extensión del reinado de Jesucristo por medio de María Santísima. La Nueva Evangelización de renovar la fe de los cristianos.

PDM: De las historias que ha leído, ¿cuál le ha llamado la atención?

L.B.: Son muchas, pero un personaje fascinante es el padre Juan Bautista Arnaud, un arquitecto francés, fundador de San Juanito y EL Calvario; hizo la propuesta de tres trazados para la vía del Llano que aún son contempladas por la ingeniería actual, pero también es el arquitecto de la iglesia de las Nieves y del Antiguo Seminario Mayor de Bogotá. Fue cartógrafo, topógrafo y creador de la fachada de la primera iglesia en Villavicencio.

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PDM: Pero los monfortianos tuvieron varios sacerdotes destacados…

L.B.: Claro. Otro es el padre holandés Gerad Golstein, quien no fue ordenado en Europa por ser demasiado bajito de estatura (1.55 mts.). pero vino a Colombia y aquí sí logró la ordenación. Lo enviaron para la misión del Vaupés, pero bajando por el río Orinoco murió de una enfermedad tropical y no alcanzó a llegar.

PDM: ¿Por qué unos sacerdotes con estudio, con posibilidades de vivir en las comodidades de Europa, se arriesgaron a venir a las inhóspitas tierras llaneras?

L.B.: Quien es misionero tiene motivaciones más fuertes para viajar a esas regiones. La motivación va más allá de lo físico y lo humano y se llama vocación.

PDM: Con la crisis de vocaciones ¿la comunidad monfortiana se podría acabar? 

L.B.: Nos ha golpeado mucho. En Colombia somos cerca de 40, pero en los años setenta había unos 130, todos jóvenes y gozando de buena salud. Hoy tenemos 10 en los hogares sacerdotales porque tienen más de 80 años. En el postulantado hay dos jóvenes y en el noviciado son tres. Para Latinoamérica hay ocho jóvenes monfortianos.

PDM: ¿Y en los Llanos Orientales cuántos hay, después de la legión de misioneros que hubo el siglo pasado?

L.B.: En el Meta solo hay: en Villavicencio, dos; en Acacías, tres y en Puerto Gaitán, tres. Somos ocho en total.

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PDM: ¿Siguen con la misión de ir a lejanos pueblos?

L.B.:  Vamos a las regiones con más necesidades como Planas, Alto Tillavá y atendiendo a las más de 100 comunidades sikuani. Los laicos son muy importantes para cumplir con los objetivos.

PDM: ¿De qué manera los escándalos de la Iglesia los afecta?

L.B.: De alguna manera afecta la credibilidad y tristemente genera sospechas. Pone en entredicho el mensaje que la Iglesia quiere entregar a la humanidad, sin embargo, creo que algunos medios de comunicación no intentan un reconocimiento de las víctimas sino el show mediático y quieren desprestigiar una iglesia, una institución que tiene muchas bondades, pero también pecados.

PDM: ¿Hacia dónde va la Iglesia?

L.B.: Estamos en un periodo de gracia, de purificación. Todo esto Dios lo permite para entrar en un proceso diferente de reflexión profunda. Cuando más perseguida ha sido la Iglesia es cuando resurge con más fuerza.

PDM: Como paisa, ¿qué piensa de sus antepasados monfortianos en el Llano?

L.B.: Le confieso que la historia de la comunidad es fascinante. Hay una riqueza que lo hace sentir orgulloso.

PDM: ¿Hemos sido injustos con la imagen del padre Mauricio Dieres?  

L.B.: En la medida en que reconozcamos muchas de las obras de Mauricio Dieres y de otros sacerdotes que, como él, hicieron muchas cosas, vamos a comprender la historia del Llano. Lo que me parece clave es ubicarlos dentro de su contexto religioso, político y social en el que realizaban su misión.

PDM: Debemos escuchar más a los abuelos…

L.B.: El papa Francisco dice que son ellos los que transmiten la historia y las raíces de las familias, de los pueblos y de las naciones. En el Llano hay una bonita oportunidad porque cuando un árbol está creciendo hacia lo alto, necesita profundizar sus raíces, y Villavicencio en estos momentos crece hacia lo alto y necesita afianzar sus raíces.