La historia de Yenny, ‘los frutos’ del esfuerzo en la Plaza San Isidro. Crónica

La Plaza San Isidro, antes de ser demolida, a finales de los ochenta.

Por Katherine Cruz Garzón

Yenny Martínez fue creciendo en un guacal que su mamá, Marleny, utilizaba como corral en la Plaza San Isidro de Villavicencio.

Desde los ocho años, y hasta los 11, con su hermana mayor vendieron arepas. Luego, junto con su mamá, comercializaron verduras pues era lo que mejor sabían hacer ya que sus abuelos en Cáqueza vendieron los mismos productos y lo hicieron toda su vida.

Le interesa leer: Con 54% de las camas de cuidado crítico ocupadas, Meta también avizora pico de contagios

Sus días iniciaban a las 12:30 de la madrugada, a esa hora compraban las verduras, organizaban el puesto y empezaban a vender; cuando estaban estudiando, a las 5:30 de la mañana se iban para la casa a hacer el desayuno y alistarse para ir al colegio; al regreso, hacían almuerzo; en la tarde, se quedaban en el puesto de verduras y en la noche a hacer las tareas. Así vivieron hasta el año 2005, cuando la plaza San Isidro fue demolida.

“Las dificultades malucas eran cuando llovía, que nos mojamos todas, si hacía sol nos quemábamos y si llovía y después sol otra vez, la ropa se nos secaba encima, pues trabajar en la calle de informal no es fácil”, afirma hoy Yenny.

Su proyecto de vida iba encaminado a ingresar a la Policía, pero fue rechazada por una deformidad de la columna vertebral (escoliosis de 12 grados, dijeron los médicos). Sin un rumbo fijo, hacía domicilios en una moto que su mamá había comprado.

Tal vez desee leer: Demanda a concesión de alumbrado público en Villavicencio, con alcalde ad hoc

“Así duré un año, hasta que un tío me invitó de vacaciones a Medellín. Una vez, pasando frente a la Universidad de Antioquia en un taxi, el conductor nos contó que esa era la mejor universidad del país pero que se había presentado seis veces y nunca pudo pasar”, cuenta.

Sin saber cómo lo iba a hacer, de regreso a Villavicencio tomó la decisión de que volvería, pero no de vacacione sino a estudiar a esa universidad: tomó sus ahorros, un dinero que le dio su mamá y se fue, sin siquiera saber qué requisitos necesitaba. Parece que el entusiasmo y las ganas le valieron para ganar el cupo en el primer intento, en la facultad de Comunicación Social.

“Fue muy difícil al comienzo, uno no dimensiona bien el asunto: llegar a una universidad donde me tocó estudiar con hijos de jueces, incluso tenía compañeros que eran hijos de periodistas reconocidos y yo venía del llano, donde vestíamos con sandalias y blusas de tiritas. Es una universidad pública, pero a mí el bullying que me hicieron no fue poquito. Donde no tenga esta sangre llanera de ser verraca, me gana la depresión”, contó Yenny Martínez.

Durante sus estudios, y debido a la situación económica, esta villavicense le tocó radicarse en pensiones baratas, al lado de drogadictos o travestis que se dedicaban a la prostitución. Vivió de cerca el dolor de las personas que sufrían por sobredosis, peleas e incluso cuando llegaban a matar a alguno de sus vecinos de cuarto.

Después de un tiempo, la universidad la contrató como auxiliar administrativa y desde ese momento pudo pagar un mejor lugar.

Yenny Martínez realizando su trabajo de grado
Yenni Martínez, en la actualidad.

Para finalizar su carrera, decidió hacer como trabajo de grado cinco crónicas donde cuenta sus experiencias vividas en la plaza San Isidro; su propósito, hacer memoria histórica de un centro importante social y culturalmente de Villavicencio y lo que significa para la ciudad. El trabajo también resalta la importancia que tiene San Isidro en el momento en que Villavicencio se transforma de pueblo a ciudad.

Su primera crónica relata lo que veía cuando trabajaba en ese lugar, la segunda es un recorrido histórico de la plaza San Isidro, en la tercera se puede leer cómo eran los operativos de la Policía; en la cuarta crónica relata historias del comercio al por mayor y cómo se hacía ‘El Machete’ o la negociación de los productos, y la quinta finaliza en el momento en que se oponían a que demolieran la plaza de San Isidro, en el 2005.

Hoy en día Yenny enfocó su carrera hacia la comunicación para el desarrollo y se encuentra trabajando para Unicef en un programa de educación.

La plaza, hoy

Desde la secretaría de Control Físico del municipio se realizan una caracterización de los vendedores ambulantes, especialmente en la zona de San Isidro, a quienes se les pidió el nombre, identificación y foto para mejorar las condiciones de estas personas y asignarles un espacio digno de trabajo, pero también mejorar las condiciones del entorno.

“Nosotros hicimos un acercamiento con la gente que se dedica a vender en su mayoría alimentos perecederos en el sector para hacer un ejercicio de organización”, aseguró Diana Herrera, secretaria de Control Físico.

Según agregó la funcionaria, el objetivo de la Secretaría no es hacer persecución a los vendedores ambulantes, sino convertirlos en parte de la solución. En el lote de la plaza San Isidro, el municipio analiza diferentes posibilidades, revisando jurídicamente la situación del predio, porque el objetivo es transformar el sector de la mano de los vendedores informales.

A partir de la próxima edición de Periódico del Meta encontrará apartes de algunas de las crónicas que escribió Yenny, en las cuales relata ese mundo escondido de la plaza San Isidro.