miércoles, 19 de junio de 2024
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De la coca a los proyectos productivos


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Don Samuel le apostó a los cultivos de limón Tahití, luego de la coca.
RP
Redacción PDM

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El conflicto armado y el narcotráfico en Puerto Rico tocó las puertas de muchos campesinos quienes, durante muchos años, tuvieron que vivir de los cultivos ilícitos. 

Por Valentina Mejía 

Samuel Piñarte Rincón nació hace 42 años en la vereda Puerto Chispas de Puerto Rico (Meta). Desde sus 12 años se dedicó al cultivo de coca, la principal actividad económica para muchos campesinos de esta zona del sur del departamento. 

“Salí de mi casa hacia una finca ubicada en Puerto Olivo para trabajar procesando la coca, es decir, me convertí en el químico del laboratorio”, dijo. Tenía a su cargo 40 trabajadores, quienes diariamente sacaban aproximadamente 3 kilos de base de coca. 

Con su hijo al lado, trabajaba desde las 2 de la madrugada, hasta las 10 de la noche. “Como a la mamá le tocaba irse a hacer otras actividades, yo quedaba a cargo de él. De hecho, una vez el niño se quemó un pie con sulfúrico, pero como uno sabe del tema, de una vez le eché cemento para matar el ácido”, cuenta, mientras su rostro refleja tristeza al rememorar aquellos momentos difíciles. 

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Sin embargo, 12 años después de haber aprendido a sembrar, administrar y procesar coca, tuvo que irse por el riesgo latente en el que vivía. “Había un guerrillero en la zona que me tenía en la mira, entonces me llené de miedo y decidí irme para evitar que me siguiera acosando”, expresó. 

Con nostalgia y cierta desolación, expresa que “eso fue cambiar vida por plata”, pues no había día que no vivieran con la zozobra de que la ley llegara para llevárselo. Aunque fueron años de incertidumbre y de trabajo duro, seguía en eso porque la cadena de los cultivos de uso ilícito les dejaba más dinero en sus bolsillos, que el dedicarse a otros trabajos. 

“El kilo costaba 2’400.000, por eso es que el cultivo de la coca es demasiado bueno, porque deja ganancias. Y es muy fácil llevar un kilo de coca en un morral a pie, que una pacha de plátano, o una carga de maíz, o yuca. Por eso es que el campesino se inclina a los cultivos ilícitos”, explicó. 

Samuel recuerda que en la época del conflicto, “si uno estaba en el campo y salía al pueblo, era guerrillero y si estaba en el pueblo e iba al campo, era paraco. El campesino no hacía parte de ninguno de los dos bandos, a lo único que se nos dedicábamos era a cultivar coca porque en ese momento era el único sustento”. 

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Con ojos llorosos y voz entrecorta detalló cómo la violencia tocó a la puerta de su casa: “sufrí las inclemencias de la guerra cuando perdí a mi hermano, eso fue hace 30 años, la guerrilla se lo llevó… y para uno es duro ver sufrir a la mamá, fueron muchos años de llanto por la ausencia de mi hermano”, dice mientras su historia refleja un dolor que no sana, pero con el que ha aprendido a vivir. 

Hoy en día está en la legalidad y, aunque ha sido una transición ardua, está contento porque no tiene ninguna preocupación de que se lo van a llevar por alguna actividad ilícita. 

“Decidí no trabajar más con los cultivos de coca, para apostarle a los proyectos productivos”. Actualmente vive de la avicultura y la agricultura. Tiene 84 árboles de limón Tahití que ya están empezando a producir y cerca de 200 gallinas ponedoras. “Estar en la legalidad es duro, pero no imposible. Sigo trabajando con las “uñas” y apostándole al cambio”, concluye. 

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