Editorial | Anarquía y violencia

Habitantes del Barrio Playa Rica protestando

En teoría, el anarquismo no es un sistema social sino un punto cardinal de hacia dónde debería avanzar una sociedad o una comunidad. Aunque muchos confunden la anarquía con el caos, en realidad son diferentes, porque lo que busca el primero es, esencialmente, orden, pero un orden que no sea impuesto, mientras que en el segundo se trata de imponer la ley del más fuerte.

De manera objetiva se podría resumir que un anarquista es un socialista que desea anular toda forma de dominación y el Estado es una de ellas con una jerarquía que rechaza. El anarquista sí quiere un orden pero que no sea impuesto desde arriba sino desde las comunidades, desde la gente.

En la práctica, son muchos los jóvenes que empezaron a desvirtuar estos dos conceptos, a mezclarlos y confundir todo para tener en las calles una peligrosa mezcolanza que esperamos no termine en tragedia, al menos en la región, porque en el país ya ha costado lágrimas.

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Lo que ocurrió el viernes primero de octubre, durante la larga jornada de protesta de los habitantes de Playa Rica y 10 barrios más sentó un precedente que no debería pasar inadvertido: ese día, los vecinos de la zona decidieron bloquear la vía principal entre Villavicencio y Acacías exigiendo la construcción de un puente peatonal en la doble calzada y un retorno vial.

Por más de 14 horas de trabajo en terreno, de diálogo, del análisis de propuestas y contrapropuestas, se logró llegar a un acuerdo entre los representantes de la comunidad, la Gobernación del Meta y la Defensoría del Meta. Los delegados de la comunidad fueron elegidos desde temprano por los mismos vecinos, quienes mantuvieron el bloqueo de la vía con las consecuencias generales para todos.

Cuando todo estaba listo para levantar el bloqueo, de la nada apareció una persona, acompañado de otros muchachos que nadie logra identificar, rompió en la cara del Defensor del Pueblo el documento del acuerdo y promovieron el enfrentamiento con el ESMAD.

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Lo que hubiera sido un final pacífico, producto de la concertación y el diálogo, terminó en un choque violento innecesario fomentado por desconocidos que se abrogaron ser líderes de la comunidad.

El suceso demostró que entre los manifestantes hay personas con un alto grado de virulencia, dispuestas a convertir en violencia cualquier intento de diálogo y que genera ambientes de tensión muy turbulentos.

Si los líderes de la protesta social quieren el verdadero respaldo popular y la legitimidad de su lucha, tendrán que depurar de sus manifestaciones personas ajenas a sus movimientos, señalando claramente sus acciones. Claro, igual responsabilidad cabe a las autoridades cuando hay casos en la desproporción de la fuerza.

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