martes, 25 de junio de 2024
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El lobo y las ovejas || Editorial


El lobo y las ovejas || Editorial 1
RP
Redacción PDM

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Duele que una vida tan joven como la de Ana Sofía Vaca se hubiera extinguido con solo 13 años, además, defendiendo la dignidad de su cuerpo. Murió en la noche del miércoles en Villavicencio a manos de su propio tío, quien ya había intentado abusarla a ella y a su hermana.

El canalla, de 32 años, cuando apenas era un adolescente, había asesinado a otra persona, por lo que cumplía 14 años de cárcel; estaba, por esas cosas de la justicia, completando la condena por homicidio en la vivienda donde habitaban las jovencitas. Era como que un lobo durmiera en el mismo corral con las ovejas.

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Como sucede en la mayoría de los casos, las penitenciarías se convierten en “escuelas” donde los delincuentes alcanzan sus niveles de especialización para salir a perfeccionar su actuar criminal. Ese era el caso de Johan Steven Vaca Méndez, el canalla quien desde diciembre cuando arribó a la casa, acechaba a sus víctimas, esperando el momento oportuno para cazarlas.

Casi la mitad de su vida la había pasado en una cárcel, así que la desconfianza de una reincidencia debería haber sido más que cierta, pero no. Johan Steven veía pornografía delante de las niñas y era evidente que poco se había arrepentido tras las rejas de su asesinato. 

El crimen de Ana Sofía resulta paradójico porque apenas dos días atrás la administración municipal había socializado en la capital del Meta el Centro de Atención Integral para la Mujer, que busca mejorar la Ruta de Atención a las mujeres víctimas de violencia de género, mientras que el día anterior el Gobierno Nacional promulgaba la nueva Ley de Seguridad, para castigar a los delincuentes que reinciden en sus conductas. 

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Duele que a pesar de los intentos de las instituciones por contener la violencia contra las niñas y las mujeres, esa espiral no se pueda frenar y parezca inevitable que haya recurrentemente un nuevo caso de asesinato de mujeres o niños para lamentarnos. En cualquier momento en Villavicencio u otro municipio, nos horrorizará otra vez un acto demencial en donde alguien inocente será la víctima de la miopía social. 

Porque mientras leemos este artículo, ¿Cuántos lobos más siguen acechando a ovejas que no alcanzarán a acceder a una manera eficiente de prevención para salvar sus vidas? Están inermes, solo esperando el ataque letal de un animal salvaje, ante los ojos de todos.

Duele que solo después de la tragedia fuera algo tan evidente la amenaza mortal con la que debían convivir dos niñas, pero produce aún más angustia saber que pasará otra vez en cualquier momento, aunque duela reconocerlo. 

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