Editorial || Futuro intoxicado

Hay noticias en la región que pasan inadvertidas porque se convierten en estadísticas sin ningún contexto. La semana pasada, por ejemplo, la Secretaría de Salud de Villavicencio reveló que del año anterior al 2021 había aumentado en 45 por ciento el número de personas intoxicadas por el consumo de sustancias psicoactivas en la ciudad.

La mayoría de las víctimas son jóvenes que en medio de su propio mundo no han sabido medirse y abusan de las drogas que consumen, llevándolos directo al hospital a punto de morir.  Si ya es grave el uso de estos narcóticos, el abuso revela que la juventud busca “emociones más fuertes” sin importar las consecuencias.

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Lo anterior, unido a que de acuerdo al informe de la Fundación Nuevos Rumbos, la niñez está empezando a consumir licor desde los 13 años, en muchas ocasiones patrocinadas por sus mismos padres, se convierte en una bomba de tiempo que explota lentamente entre la sociedad.   

Mediáticamente es claro que este fenómeno de drogadicción no produce el mismo efecto en las audiencias que un suicidio; los crímenes que deja el microtráfico o los accidentes de tránsito en las vías, sin embargo, el hecho de que los jóvenes villavicenses acudan a más drogas o incluso a fabricarlas como lo revela el reportaje de hoy en Periódico del Meta, significa una responsabilidad de la sociedad que no puede evadirse, así parezca generalizada.

Mientras fenómenos como el suicidio son hechos puntuales, en el caso de la drogadicción, aún más entre los jóvenes, debe comprometernos como comunidad, ya que trae consigo consecuencias que van desde el orden de salud pública, en los sectores económicos, e inseguridad, entre otros.  El consumo de las drogas debe suponer una preocupación colectiva y permanente para poder ver resultados a largo plazo.

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Una juventud consumidora de sustancias es una generación con alteraciones psicológicas que compromete procesos de aprendizajes, con riesgos de sufrir accidentes y problemas muy profundos en sus núcleos familiares que irremediablemente terminan impactando a toda la ciudad.

Por eso esfuerzos como los de Elkin Zapata, quien por años presidió La Casa del Alfarero, hogar encargado de rehabilitar personas en situación de calle y drogadictos, son los que no deberían pasar inadvertidos y, por el contrario, recibir el respaldo de la ciudadanía en su conjunto.

Así pues, las estadísticas de abuso de drogas en Villavicencio no deberían pasar inadvertidas para nadie, pues cualquier esfuerzo por tener una ciudad desarrollada e incluyente, habrá resultado infructuoso mañana, ya que desde podríamos estar viendo de frente un futuro intoxicado.

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