La enseñanza de la sencillez para emprender en el campo

Por Vanessa Romero /Especial Periódico del Meta

Esa es su propia historia, la misma que se conoce en todo Mapiripán y que es símbolo de admiración y respeto como la de todos los habitantes de este hermoso rincón de Colombia.

El olor a quemado parecía casi intacto en la memoria de quienes vivieron ‘El Bogotazo’, por allá en abril de 1948, solo cinco meses antes de que el calor de Villavicencio le diera la bienvenida a este hombre de ojos castaños que nunca permitió que en su léxico existiera la palabra “derrota”.

Las incongruencias de una guerra que no era suya lo tocaron de tal manera que recorrió varios caminos, durmió bajo varios techos y amaneció en otros tantos lugares. Esos mismos pasos le permitieron llegar, una vez más a Mapiripán, su hogar: “he vivido todas las épocas buenas y malas de esta región. La última tenemos 20 años de haber llegado a Mapiripán, ya sin hijos porque ya están grandes”.

Mapiripán

Cuando llegó hace varios años, la situación era muy diferente, “por ejemplo eran 8 días de camino de acá a Villavicencio, era muy duro. Yo vine detrás de mi papá que llegó primero. Yo llegué dos años después”.

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Eran épocas en las que él podía sembrar maíz y vender los manojos a $100 y encimaba con agrado una sonrisa de agradecimiento. Eran épocas en las que, luego, apareció la marihuana, después la coca, así sucesivamente. Todo eso lo conoció, pero no permitió que lo tocara directamente, ni a él ni a su familia. Con ello, también vinieron los pasos de los grupos armados que se disputaban el control de la tierra, del aire, del agua, de las vidas y hasta de las propias conciencias de sus pobladores.

“Me dediqué al comercio y viví la masacre de 1997. En esa época yo empecé en un botecito como transportador fluvial, luego como terrestre con un campero y después en avión. Uno presenciaba todas esas cosas, fueron tres años duros de enfrentamientos. Eso en el pueblo era que llovía plomo todos los días, cilindros y todo eso”, recuerda.

En una lluvia de balas y cilindros, uno de los grupos armados estaba atrincherado al otro lado del río cuando “desde allá emplazaban misiles para este lado y nos cayó un cilindro en donde estábamos escondidos en un baño. Hacía dos minutos nos habíamos salido de allí corriendo. Nos salvamos de milagro. Aunque el cilindro no estalló, pero sí nos hubiera caído en la cabeza”, describe Carlos recordando que escenas similares se repetían dos o tres veces en la semana.

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La suerte no pudo ser otra según este llanero: “Nos arruinó el negocio, teníamos una discoteca a la orilla del río y volvimos a caer. Perdí una finca, me desplazaron cuando era fletador y luego cuando pasó lo del cilindro. Duramos cinco meses huyendo”.

Pareciera que la consigna era acabar con Mapiripán, pero no lo lograron, así como no lograron dividir esta familia que ha sobrevivido con el amor de su esposa Lucy y sus tres hijos: “actualmente tenemos 48 años de casados. Somos una familia humilde pero
trabajadora y sana, a pesar de tres desplazamientos que tuvimos”.

Así habla este hombre que recuerda constantemente cómo fueron sus primeros años de infancia, “fueron al lado de mis viejos ¡Auténticos llaneros, campesinos! Ella, de San Martín y él, araucano con ascendencia venezolana”. Enseñaron con ejemplo el valor de la honestidad y el trabajo, de ahí que él, el mayor de ocho hijos pudiera instruir en lo vivido.

“No teníamos riquezas, pero sí lo necesario y me enseñaron a trabajar, cocinar y
planchar”.

El paso de las hojas en el calendario le permitieron levantarse y trabajar para abrir tres habitaciones en su pequeño hotel, “después de 16 años ya tenemos 16 habitaciones y mis sueños como familia es ver a mis hijos, aunque ya están adultos, ya son profesionales, pero quiero verlos realizados, contentos y sanos”.

Espera que cuando la vida le pida abandonar esta tierra, haya pasado sus últimos días reconfortándose en el abrazo de sus hijos, en la mirada dulce de su esposa y la sonrisa eterna de su familia. Por eso, su humildad es tan grande como su corazón, como sus relatos cargados de tenacidad, como sus recuerdos intactos por la esperanza.

“El motor que me empuja a seguir adelante es el mismo amor que siento por mis hijos y mi esposa, que no descansaré hasta que mis fuerzas me abandonen y mis facultades me lo permitan. Lucharé como toda mi vida lo he hecho. Siempre he logrado mis propósitos, sin riquezas, pero lo poco que he conseguido me basta y me sobra para sentirme realizado”, sigue diciendo este llanero que no cuenta cuántas veces cayó, sino cuántas se levantó al lado de su familia.

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