martes, 23 de abril de 2024
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Los libros no mueren


Los libros no mueren 1
Los personajes anónimos de la ciudad hablan en silencio del crecimiento acelerado de la urbe.
Ómar Eduardo Gómez /Especial Periódico del Meta

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El experto curador de arte villavicense escribe para PDM una crónica sobre la vida de uno de los más tradicionales vendedores de libros de la ciudad.

 

“El libro no muere”, dice Fabio de Jesús Gil Montoya (Armenia Mantequilla, Antioquia, 1950), amigo y librero en Villavicencio desde 1997.

Campesino y andariego, vivió su infancia labriega en el municipio de Itagüí. Desde los 16 años trabajó como vendedor ambulante de alimentos y reciclador en la Costa Atlántica y como comerciante en una panadería del Urabá antioqueño, en pleno recrudecimiento del conflicto armado en Colombia.

—En 1966 me fui de la casa, un sábado a las diez de la mañana. Cogí un bus escalera de flota La Magdalena rumbo a Barranquilla, sin un centavo. Ya por el camino, en Planeta Rica, de puro milagro, me encontré un billete de 500 pesos.

A comienzos de los 80 laboró en ganaderías villavicenses de Apiay y Alto Pompeya, y en el corregimiento de Puerto Guadalupe, en Puerto López. Se radicó en el área urbana de Villavicencio en 1996. En 1997, como reciclador y habitante de calle consiguió su primer plante de 300 libros. Con serena dicha expresa que de hecho ha leído más o menos esa misma cantidad de volúmenes.

—¿Recuerda cuál fue el primero?

Sí, ‘Aprendiendo a quererse a sí mismo’, de Walter Riso.

—¿Y el último?

—El Código de la Policía [“Nuevo Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana”]. A mí como vendedor de calle me sirve pa’ mucho porque muchas veces la Policía le hace a uno comparendos sin razón.

Todos los días, de domingo a domingo, llega a las 5:30 a.m. a su punto de venta en el costado sur del Parque del Hacha, una trajinada caseta reubicada que le adjudicó la Alcaldía de Villavicencio hace ocho años, el “módulo institucional 59 A”, acompañada de un improvisado mesón-mostrador y una butaca de aluminio. Cierra a las 5:00 p.m., mientras que los sábados y domingos se retira a mediodía.

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A Fabio, ‘El Paisa’, la gente del centro lo conoce como una persona determinada y generosa.

Aunque ahora vive solo, la vida le dejó cuatro hijos. Uno de ellos, Juan Pablo, a quien no veía hace más de 30 años, para felicidad suya hace poco lo visitó. Muchos lo apreciamos. Durante la segunda entrevista que le hago para la redacción de esta crónica se desgaja un aguacero. Un señor, también con acento antioqueño, se guarece por un momento bajo la caseta. Lo acompaña una señora morena que tirita de frío. Fabio le presta su poncho. El señor le agradece, dice que luego pasa y que si no fuera por el afán que llevan se bebían algo.

—¡El día está es como pa’ un aguardiente!

Se carcajean.

—¿Un paisano?

—De Itagüí. Rigoberto Romero. Yo fui el que lo convenció que cogiera pa’cá. El hombre cuando llegó, entró con la alcaldía a echar guadaña y ya salió pensionado. Ahorita está muy bien. Ese siempre me tiene en cuenta.  

Fabio vuelve al asunto de sus libros favoritos y enuncia con emoción otro título: ‘Un tal Bernabé Bernal’.

—De Álvaro Salom Becerra. El mejor libro de derecho, profe. ¡Ahí usted se da cuenta de cómo es toda la corrupción!

Dice que se siente más de Villavo que de su lejano lugar de origen. Ha regresado de visita a Antioquia en dos ocasiones. La primera, en 1993, cuando empezaba el negocio, la segunda, en 2016.

Hace silencio y se le empañan los ojos. Con voz quebrada retoma el relato. Recuerda que su madre, doña Rosa Elvira Montoya (q.e.p.d.), sorprendida por la aventurada historia de su hijo puso entonces en el viejo tocadiscos familiar un álbum de Olimpo Cárdenas y le dedicó una canción, ‘El provinciano’.

—“Las locas ilusiones me sacaron de mi pueblo y abandoné mi casa para ver la capital. Cómo recuerdo el día feliz de mi partida, sin reparar en nada de mi tierra me alejé…”

—¿Cómo y dónde se ve en un futuro, don Fabio?

Ah, no, la dicha mía es ver esto bien surtido. El fin mío es que quede aquí; yo aquí muero.

En estas mismas calles hace 27 años imaginó su nueva apuesta de vida al recordar las compraventas de libros a lo largo del Paseo Bolívar en la Medellín de su primera juventud.

Por estos días Fabio tiene otro motivo de alegría. Adrián Camilo Penagos Rey, un estudiante del programa de Comunicación Social y Periodismo de Unimeta, acaba de realizar una esmerada crónica audiovisual en la cual, por supuesto, él también es el protagonista.

 


Ómar Eduardo Gómez /Especial Periódico del Meta

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