Una tragedia anunciada | Opinión

Victimas del invierno

Por Rafael H. Salamanca R.

Psiquiatra y escritor

Rafael Salamanca.

Porque resido en la vereda Vanguardia, salgo con mi pastor alemán a caminar por sus alrededores. En verano, paseo por la playa del Guatiquía y por el talud protector construido hace veinticinco años, a raíz de las inundaciones causadas entonces por el desbordamiento del río. Gracias a esta obra aquellas parecían cosa el pasado. Vana ilusión.

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En febrero de este año advertí que las crecientes del último invierno habían socavado el talud en varias partes. Los daños eran nuevos y graves. Tomé fotografías y las envié a la prensa local. Anuncié que sino se tomaban acciones inmediatas el riesgo de inundación era inminente y muy alto. Que en cualquier momento se repetiría la tragedia. Dicho y hecho.

El jueves, al anochecer, las aguas lluvias que pasaban frente a mi casa empezaron súbitamente a crecer y a teñirse de barro. Minutos después, la furia del río arrastraba palos y piedras y se metió como un dragón a la casa arrasándolo todo con un lodo pegajoso y rojizo.

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La historia siempre es la misma. La lógica del subdesarrollo culpa a la “lluvia”, a la “ola invernal” a “la furia de la naturaleza” como causa de los desastres naturales. Cuando ocurren se improvisan remiendos y el problema se olvida hasta la siguiente “tragedia invernal”.

Esta tragedia estaba anunciada, no sólo por mí, sino por muchos. Y en la alcaldía no hicieron nada. Estaban en otras cosas, dicen. Esperaron hasta que se vino la avalancha y entonces, tardíamente, enviaron algunas volquetas a prestar auxilio e improvisaron albergues para damnificados.

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Toda una farsa. Al día siguiente, fresco, bien resguardado y acompañado, apareció el señor alcalde en la inundación como el gran salvador a ¿hacer ya qué?  ¿A qué le tomaran fotografías? ¿A hacer campaña? ¿A restituirnos de su bolsillo los multimillonarios daños causados? ¿Al señor alcalde, quién lo ronda?

La verdadera tragedia de un pueblo, claro, es elegir cierta clase de gobernantes. Esa es la verdadera tragedia anunciada.