Vaquería, no solo de hombres

Lleva ocho años practicando la vaquería y ya es la campeona mundial de este deporte. Adriana Luque, desde pequeña, veía en los caballos el animal más perfecto. No creció en una finca rodeada de animales pero desde muy pequeña siempre su anhelo era viajar a
la finca de sus tíos ubicada en La Victoria (Valle del Cauca).

“Cuando yo me iba de vacaciones era feliz, porque yo sabía que iba a encontrar caballos, aquí mi papá me pagaba las cabalgatas en La Potra, solamente por verme a mi montar”, recuerda Adriana.

Aunque las mujeres a lo largo de la historia se han ganado lugares muy importantes en diferentes cargos y deportes, no es un secreto que el trabajo al llano se sigue viendo como un deporte muy masculino, y ese es uno de los obstáculos que le ha
parecido más difícil a Adriana, aunque año tras año las mujeres siguen demostrando sus destrezas en la vaquería los campeonatos de los hombres siguen siendo los de mayor premiación.

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En eventos como el Mundial de la Vaquería donde las mujeres ocupan un lugar importante es donde resaltan, no solo por su belleza, su impecable forma de vestir o por el cuidado de su caballo, sino por su forma de montar y enlazar.

“Nosotras las vaqueras les demostramos a los hombres que como ellos montan un caballo, nosotras podemos montarlo igual o mejor”, asegura esta llanera.

Adriana, nació y creció en Villavicencio, conoció la vaquería en el Mundial de la Mujer Vaquera, desde que vio la destreza de las vaqueras y su cercanía con su animal favorito, decidió que era a lo que se quería dedicar, empezó a los 18 años en una escuela ubicada en Cubarral.

Gracias a su disciplina ha logrado participar por mérito en el Nacional de Vaquería, que se
realiza en Armenia, representó al Meta y actualmente es la subcampeona, espera participar en la versión de este año y traerse el primer lugar.

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Esta llanera practica día de por medio, de tres a cuatro horas, pero el entrenamiento empieza por consentir a Doña Bárbara, su yegua: peinarla, ensillarla, entrenar y después bañarla, es parte de la rutina.

Nombrarle a Doña Bárbara a Adriana le remueve todos sus sentimientos, cuando habla de ella se emociona tanto que hasta sus ojos se humedecen de lágrimas. Después de perder a Rumberito, el caballo que por mucho tiempo la acompañó y de pasar una crisis de depresión que no le permitía ni estudiar, ella asegura que Doña Bárbara apareció en su vida como un regalo de Dios.

La yegua era de unos amigos que la invitaban a montar caballo, pero nunca a montarla ya que era la consentida de la casa, después de un tiempo y de tener la curiosidad por fin lo logró: “yo la monté y fue una química entre las dos, me pareció perfecta”, manifestó la
campeona, pese a que en principio no la quería vender.

En este momento Adriana está terminando detalles para abrir la escuela de vaquería en Villavicencio, en la que quiere recibir a niños desde los tres a los diez años para enseñarles a montar, a ensillar el caballo y cómo cuidarlo.