Armero, recuerdos de una sobreviviente

Foto: Tomada de Internet

El 13 de noviembre de 1985, a las 11:30 de la noche, la erupción del volcán Arenas del Nevado del Ruiz, originó una avalancha descomunal, causando el desbordamiento del río Lagunilla y ocasionando una trágica combinación de lava, agua y lodo, borrando así del mapa al municipio agrícola más importante del Tolima: Armero.

El fin del mundo llegó para una población que no fue evacuada a tiempo. Dejó un saldo de 26.000 muertos, 20.611 damnificados, heridos e incalculables pérdidas económicas. Fue uno de los acontecimientos más trágicos e impactantes que marcaron la historia de Colombia.

Diana Herrera, ahora secretaria de Control Físico de Villavicencio y quien hoy tiene 38 años, compartió su testimonio con Periódico del Meta y narró cómo su familia sobrevivió a la noche en que la erupción del volcán produjo un alud, cobrando la vida de miles de armeritas.

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La noche de la tragedia

Diana, apenas tenía tres años, había nacido en Armero un pueblo que no existe ni en el mapa ni como ente territorial. Es la hija menor de una familia que se caracterizaba en esa época por ser muy tradicional: una mamá, ama de casa y un papá, proveedor del hogar.

A través de los años, recuerdos muy vagos y los testimonios recogidos ha ido reconstruyendo lo que pasó aquella noche cuando ella, igual que miles de niños, era de las más vulnerables en la tragedia.

“No tengo muchos recuerdos de cómo era mi municipio porque estaba muy pequeña. Sin embargo, después de vivir una situación tan compleja, a mi corta edad, tengo muy latente lo que esa noche significó para todos”, comenta.

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Ella vivió ese momento sin la compañía de su familia: su mamá había salido de viaje para Bogotá; su papá se encontraba en casa de su abuela, y su hermano, en ese entonces con apenas trece años, cuidaba la casa.

“Yo estaba al cuidado de unas vecinas; yo le debo mi vida a esas mujeres porque ellas fueron quienes me salvaron. Esa noche me despertaron, me apoyaron y me sacaron de la casa para ir a un lugar que fuera seguro”, dice.

Diana Herrera

A Diana le dicen que cuando la despertaron para salir ya no había energía, porque la avalancha había arrasado con la estación eléctrica del municipio.

“La avalancha estaba muy cerca. Sí recuerdo que me ponen un pañuelo blanco en la cabeza porque estaba cayendo ceniza y como estábamos en completa oscuridad, no alcancé a encontrar zapatos y salí descalza. Era salir de esa casa, correr hacía la loma y ubicar un lugar alto donde la avalancha no pudiera llegar”, cuenta Diana.

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Las imágenes que ella tiene del día siguiente a la tragedia, dice que son impactantes: “yo recuerdo a mucha gente enterrada en el lodo, tratando de salvar sus cosas, buscando a sus hijos, padres, abuelos. Gracias a Dios, ninguno de nosotros resultó herido. Puedo decir que nosotros somos de las pocas familias que no perdió a ningún ser querido”.

Su madre, quien estaba de viaje, se entera de lo ocurrido a la mañana siguiente cuando ve en las noticias que el municipio donde vivía con su esposo y sus dos hijos, había desaparecido.

“No logro imaginar el desconcierto y la angustia que debió sentir mi mamá en ese entonces. Mi hermano duró casi diez días perdido. Lo buscamos en albergues, morgues, en las listas, pero no sabíamos nada de él. Por fortuna, sale ileso y rumbo a la casa de mi abuela materna que vivía en un pueblo cercano”.

Perdieron absolutamente todo. Lo único que Diana rescató, meses después, fue una foto de ella que reposaba en una esquina de la nevera.

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“Yo siento que cumplo años dos veces, una cuando nací y la otra después de sobrevivir a esa catástrofe. Imagínate, una niña de tres años, sin sus padres y que haya salido bien librada de ahí; es un privilegio, una bendición”, asegura.

Siempre va a estar agradecida con esas mujeres que la salvaron, cree mucho en la valentía que tenemos nosotras y en lo importante que son las redes comunitarias. De no haber sido por eso, otra hubiese sido la historia.

“El haber tenido una segunda oportunidad en la vida y aprender el valor de esta desde muy pequeña, me hace sentir una mujer afortunada. De esto, rescato mucho la importancia de tener redes de apoyo que claramente salvan vidas; debemos aprender a ser más solidarios con los demás”.

La tragedia que sacudió a Armero, es recordada como un hecho que pudo ser prevenido por las autoridades de esa época. Científicos, escaladores y políticos de ese entonces, comenzaron a emitir alertas frente a una catástrofe que se veía venir pero que no quisieron escuchar.

Ante la imposibilidad de rescatar los cuerpos, en 1986 Armero fue declarado Campo Santo por el Papa Juan Pablo II, quien visitó el lugar siete meses después y oró por las víctimas y sus familias.

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