Editorial | En honor a la verdad

El propósito del documento es generar reflexión sobre la persistencia del conflicto armado.

El informe de la Comisión de la Verdad será el primero en el mundo en publicarse cuando aún hay un conflicto vivo; el primero en el mundo en enfrentarse al desalmado escrutinio de las redes sociales y será el primero en presentarse, el 28 de junio, cuando la polarización de la elección del nuevo presidente de Colombia no haya terminado.

Un documento que seguramente no responderá a todas las preguntas que muchas víctimas se hacen respecto a porqué la muerte llegó a la puerta de su casa, pero que podría ser el punto de partida para tratar de entender de dónde vino la barahúnda violenta de la que parece no podemos salir.

Como lo confirmaron sus integrantes, lo que se relate en el informe de la Comisión de la Verdad no acusará ni tampoco juzgará a nadie, pues no tiene un mandato judicial y para eso está la Jurisdicción Especial para la Paz. 

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Lo que sí se espera de este documento es que sea una verdad lo más cercana a la verdad y no la verdad de la Comisión y, en esto, la renuncia esta semana del mayor (r.) Carlos Guillermo Ospina, como comisionado del organismo, sí sembró un manto de duda grande.

Según el exoficial, único militar que hacía parte de la entidad, los demás miembros de la Comisión no quisieron incluir un informe de investigaciones que él había realizado porque “era una visión que no compartían la mayoría de los comisionados”. 

Es decir, ¿en la Comisión de la Verdad no se aceptó una visión de la verdad?; ¿los 25.000 testimonios que se tomaron en estos cuatro años tuvieron una tendencia marcada?; ¿se censuró al comisionado por ser exmilitar?

Resulta difícil creerlo porque todos los comisionados tienen gran trayectoria académica y profesional, y en una tarea tan trascendental para el país, consideramos que lo primero que se debió de dejar de lado fueron los sesgos ideológicos o prejuicios personales.

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Pero, “en honor a la verdad”, será el informe final el que hable por la Comisión y que el documento de más de 5.000 páginas pueda ser un espejo en el que las personas de todas las clases y condiciones nos podamos ver.

Será difícil que la totalidad del documento sea leído por un amplio espectro de la ciudadanía porque, como sucedió con los Acuerdos de Paz, ha faltado comunicar en las regiones la esencia misional de la Comisión de la Verdad y los alcances de ese informe final. 

Casi con seguridad podemos decir que cada sector social, gremial y político escogerá el texto que más le convenga para reconfirmar sus propios prejuicios y creerse una verdad a medias, mientras unas voces acalladas intentarán explicarnos los orígenes de una sociedad violenta en la que lo único que reciclamos es la guerra. 

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